Zoológico. Los Viveros de Coyoacán
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Tal vez para mantener la armonía de mi musculoso cuerpo con mi bien peinada cabeza, quizás para no olvidar a qué huele el aire o a lo mejor para simplemente resistir el tránsito y no convertirme en un asesino serial, pero siempre que vengo al DF visito los Viveros de Coyoacán. Los cursis le llaman el pulmón de la ciudad, para mí es algo más, es el corazón, el sudor, la sangre y reflejo de la vida de esta megalópolis. |
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Se puede encontrar de todo, muy de mañana hasta degenerados deportistas que rebasan a los humildes andarines, como yo, respirándoles en la oreja, que es algo así como un claxonazo en el periférico a los que circulan a vuelta de rueda para que dejen el carril de ochenta. Su paso veloz y autorizado, lo interrumpen de vez en cuando para ver la hora, recordándonos que todos deberíamos de prepararnos como para andar por la vida repartiendo pizzas. Más entrada la mañana llegan las señoras gordas y los jubilados. Se distinguen por las canas, las lonjas y los ruidos. Suenan como bolsas de super, pues se cubren alrededor de la cintura con periódicos y plásticos para aumentar la sudoración. La tercera edad no es en este caso la tradicional vencida, sino la revancha. Sin importarles lo que decía Goethe, “la vida es un proceso de deterioro y acabamiento”, insisten en esa lucha tan eterna como inútil de la humanidad contra la vejez. Cuando es una pareja de ancianos, inevitablemente es la mujer la que lleva del brazo al hombre que apenas se arrastra. Lo que algún día fue velocidad acaba cediendo ante la resistencia. En los Viveros hay una amplia población de ardillas. A medio día llegan los padres con sus hijos. A ellos les sale la neurona de Tarzán y pretenden enseñarles a sus hijos su capacidad de convocatoria con los animales. Para este efecto, toman un cacahuete con la mano y se ponen en cuclillas para ofrecerlo, en más de una ocasión he escuchado el desgarrar de costuras de los pantalones en sálvese sea la parte. Ellos no se inmutan, siguen en su papel de demostrar a sus hijos su habilidad para desenvolverse en las calles y en los bosques. Los niños sufren sus primeras desilusiones de la infancia. Las ardillas son animales ariscos y nerviosos, están lejos de la imagen de las películas de Walt Disney donde aparecían amigables y juguetones; de la misma forma que del símbolo simpático de un alimento chatarra. Los niños pronto se percatan que a estas ratas con la cola esponjada, lo mejor es tirarles los cacahuates de lejecitos y no arriesgarse a una mordida. Son las primeras lecciones de desconfianza de la naturaleza y que les servirán para la convivencia en el asfalto. También asisten personas con alzheimer o con otros grados tolerables de locura. Por supuesto los más hermosos son los enamorados. Ante los ojos envidiosos de los que caminamos, se abrazan y se besan con desesperación, parados o tirados en el pasto. Recuerdo que cuando salió el baile de la “lambada” el anuncio publicitario decía: “Si fuera más audaz, no sería baile”. Lo mismo digo de los amorosos, una caricia de más o una prenda de menos, y los Viveros no serían pulmón, sino una zona verde de paso. También van los desempleados, que acostados en las bancas, con el invariable periódico en las manos, se hunden deprimidos ante la indiferencia del mundo y de la naturaleza. También están los novilleros, que desbordantes de esperanza, invitan a embestir a una carretilla con cabeza de toro. Todo lo hacen con tal seriedad, que a veces escucho los aplausos del público ausente. Así son los Viveros, un zoológico donde todos los animales andamos sueltos. PUBLICADO EL 02 DE SEPTIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR |
