Veintitrés años, numeralía y aportación
Imprimir
|
Enviar a un amigo
|
Siempre hago la misma reflexión. En este mes cumplí veintitrés años de escribir en Excélsior cada semana. Me sobran los dedos de una mano para contar las veces que he faltado los jueves. Se preparan diversos tipos de festejos que durarán más que la Feria de San Marcos. Habrá coloquios, verbenas populares, entrega de diploma, medalla, cheques de viajero. Si las marchas no lo impiden habrá corridas de toros, juegos florales, nombres de calles y en una máquina de linotipo de esta editorial. |
|
¿De qué pudo haber servido escribir cerca 1,210 artículos en veintitrés años? Si cada uno tiene un promedio de tres hojas y media, ¿cuál será la aportación de más de cuatro mil doscientas páginas? De más de cuatro millones y medio de golpes de computadora o sea más de un millón de palabras ¿habrá algo que se salve? Quisiera que el lector me acompañara a la siguiente reflexión. Nada tiene en el mundo expectativa de vida más corta que el silencio; nada, sin embargo, es más eterno que el silencio; él estuvo al principio de todo, él estará al final. El silencio es esa argamasa inmóvil sobre la que se desenvuelve el furor ruidoso de la vida. De esta manera, una de dos, o Dios es mudo o el silencio es Dios. Prueba de todo esto es el mensaje que puso el creador al hacer el cuerpo. Ver, gustar, tocar, oler, son directos, inmediatos; nuestros órganos parecen correr al encuentro de estas sensaciones. El oír es otra cosa, al ruido se le trata como a un intruso, la recepción del cuerpo no es hospitalaria, hay canales, recámaras, laberintos, membranas, Dios al formarnos cuidó, sobre todo, el fondo silencioso de la vida interna, condición del conocimiento de sí mismo. Para escribir cada artículo tuve necesidad de silencio, líquido amniótico de la creación. Mientras en sociedad el silencio implica incomodidad y una gran tensión, que las mujeres fresas rompen diciendo “Ay, está pasando un angelito”, el silencio al escribir es el único camino para ascender a los complejos valles donde se da cuerpo a las ideas. Personalmente, cuando perpetro el artículo, lo primero que tengo que conquistar es el silencio. Separado del mundo siento que algo fluye; entonces nace en mí una angustia y una esperanza, el silencio me invade y me anima: ¡Idiota! Escribe. A veces ese silencio se pone como en campaña y dice: “Sí se puede”. Llega el momento de darle sentido a la realidad con las palabras silenciosas. Los artículos se escriben pero también se leen teniendo como fondo el silencio. El lector, a lo más, con la boca cerrada moverá la lengua, en recuerdo de las vibraciones que producen las palabras. No obstante será preciso que se calle, dejar sin eco lo escrito, para liberar la imaginación e ir al parejo de los conceptos. Escritor y lector necesitamos silencio. Yo me tardo, aproximadamente, cinco horas por cada artículo (ahí en donde los ve tan maletas, eso me llevo); el lector, unos cincos minutos. Mi aportación concreta y tangible en estos veintitrés años de escribir, olvidémonos del contenido que puede haber sido más inútil que los llamados de paz en Medio Oriente, es que me quedé callado unas treinta y seis semanas. Si un lector quisiera leer todos mis artículos, enmudecería cerca de seis mil cincuenta minutos, es decir, se quedaría calladito cerca de cuatro días. Se sabe de personas que lo han intentado, pero al tercer día empiezan a sufrir convulsiones y a balbucear palabras ininteligibles. Esta ha sido mi colaboración como articulista, apoyar la infatigable tenacidad del silencio. Ojalá que me lo agradezca. Publicado en Excélsior el 24 de febrero de 2005 |
