Edmundo González Llaca

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Utopía, orden sin justicia

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El hombre sólo tiene el cerebro, es decir, el dos por ciento del total de su cuerpo, para controlar sus instintos, sus traumas, sus pasiones. Cuando a ese hombre se le otorga una credencial y una pistola pero no se le da capacitación ni un sueldo digno, se convierte no en un monstruo, sino simplemente en un policía. No resultó extraño para la mayoría de la población que ese goloso de sangre y crueldad, autor de los secuestros fuera un “guardián del orden”.

De alguna manera los ciudadanos hemos sido víctimas, aunque no en los extremos patológicos de los recientes casos, de las arbitrariedades y el sadismo de la policía. ¿Quién cuando ve por el espejo retrovisor de su automóvil a una patrulla que lo sigue, no siente un ligero escalofrío que le invade todo el cuerpo, a pesar de estar cumpliendo todas las leyes terrestres y divinas?

Este tipo de hampa verá reducida su incidencia, con la desaparición de la DIPD, el establecimiento, de nuevos sistemas de reclutamiento, la incorporación de los cuerpos policíacos al régimen de seguridad social y los estímulos a quienes cumplan con su deber.

Sin embargo, existe otro tipo de delincuencia, que durante los últimos 45 días ha cometido el robo de 2,450 automóviles y ha llevado al cabo cien asaltos diarios a mano armada. Esto significa que en la capital cada 15 minutos un ciudadano tiene la desagradable impresión dé no encontrar su coche, mientras otro, además de, ser privado de algún objeto, observa de cerca la proximidad del fin de su destino en el ojo de una pistola o en el filo de un cuchillo.

La realización de delitos en contra del patrimonio de las personas podrá responder en algunos casos a trastornos mentales de sus autores, a su ambición desmedida o a la búsqueda fácil de riqueza. No obstante, en términos generales, la delincuencia es el reflejo, espectral pero al fin reflejo, de todo el sistema económico y social.

Los que transgreden las leyes, los que ejercen violencia en contra de la comunidad, previamente también han soportado una violencia soterrada y oscura, difícil de encuadrar en las definiciones convencionales de delito. Es la violencia de la injusticia, de la ignorancia, del hacinamiento, de la explotación inhumana de la plusvalía, de la falta de oportunidades, de la compulsión al consumo. La mayoría de los verdugos de la paz social han sido previamente victimas del sistema.

Por estas razones no dejó de emocionarme la declaración de la procuradora de Distrito, Victoria Adato de Ibarra: “La actuación antisocial y comisión de delito, incrementados en los últimos meses, no es sino el resultado de la época de crisis que vivimos…”.

Pero el gozo se fue al pozo cuando agregó: “… pero no será con armas con lo que frenemos la delincuencia y la criminalidad, sino con recursos científicos y de investigación optimizados en la nueva estructura de la policía”. El remedio no corresponde al diagnóstico. Esta crisis que a veces parece Apocalipsis no será detenida, ni en su aspecto delictivo más elemental, con mejores laboratorios, mejores peritos en dactiloscópica, en química, etcétera. Esto es como pensar que el problema de los braceros es cuestión de mejores reflectores en la frontera, de muros más altos o de la electrificación de las alambradas.

Si la veracidad es el mejor camino para salir de la crisis debemos reconocer que la violencia que ha flagelado a los ciudadanos últimamente resultado de la impunidad de cuerpos policíacos corruptos, pero también de las profunda e inveteradas desigualdades económicas y educativas que los gobiernos de la revolución no han podido resolver. Curar el mal legislando sobre las organizaciones de seguridad y mejorando sus técnicas criminalísticas, sin duda que es avanzar, pero es simplemente utilizar aspirinas para calmar el aspecto más escandaloso del cáncer social. Eliminar las raíces de la violencia exige recurrir a una cirugía mayor, tal vez hasta sin anestesia, que permita apresurar la distribución de toda la riqueza social. En síntesis, el orden y la justicia son siameses. Pensar en la posibilidad que se dé el orden sin justicia es utopía o fascismo.

20 de enero de 1983

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