Urgencia histórica: Dignificar la política
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| Artículo publicado en el periódico Excélsior el 10 de junio de 1982. |
| “El Estado es una institución social, con una estructura de autoridad especial, que se propone dirigir y encauzar, de algún modo, el todo que forma la sociedad”. Raúl Cardiel Reyes
Aun antes de que el médico corte el cordón umbilical que nos liga a nuestra madres, ya las leyes nos protegen; aún antes de aprender a leer y escribir, ya la administración pública nos registra y controla, y así toda la vida, en actos solemnes o cotidianos. Es más, aún después de que han dado la última paletada en nuestra tumba y se nos ajustan cuentas en algún lugar del universo, el Estado cuida de aplicar nuestra última voluntad dejada en el testamento, o de proteger a los acreedores después de que hemos perdido el poder de nuestra firma. |
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En fin, nunca antes en la historia del mundo, el Estado ha intervenido de tal forma en los individuos. Como el amor, antes de conocernos nos adivina, envuelve casi todo lo que hacemos, es nuestra existencia. No obstante, en algunos países entre los que se encuentra México, esta trascendencia de la actividad pública no amerita, paradójicamente, la participación y el interés propios de los ciudadanos que están conscientes de que su destino individual está ligado a su destino colectivo por medio del ejercicio de la política. Miguel de la Madrid hace un agudo y honesto diagnóstico a este respecto: “Nuestros problemas provienen de que no hemos podido implantar completamente el sistema político mexicano y porque hay quienes llamándose revolucionarios se han servido de la Revolución y del pueblo de México”. Es decir, por una parte, hemos contado desde la Revolución con una clase política creadora de avanzadas instituciones sociales, generadora de una ideología vigorosa, y de una capacidad pragmática de negociación que ha sido la clave de la estabilidad que ha gozado la República. Esta capacidad para la negociación evidenciada por nuestra clase política no siempre es valorada en toda su significación: piénsese tan sólo qué hubiese sido de nuestro país sin ella ante la pesada vecindad que soportamos. Pero, por la otra, lo cierto es también que el mantener la unidad nacional y el equilibrio geopolítico ha permitido en ocasiones a esa clase política, tal como lo afirma Miguel de la Madrid, anteponer sus intereses egoístas a los de la colectividad, aprovechándose de la ignorancia del pueblo y de una justicia social no plenamente realizada. El resultado es que por medio de generalizaciones injustas algunos sectores de la población observan con desconfianza la política: campo de “la tenebra”, “la grilla”, “la polaca”, las intrigas palaciegas, con protagonistas afiebrados por ambiciones personales y pasiones obscuras. No es la actividad que lucha por la prosperidad del pueblo, por la cultura floreciente, por la nación que perdura, ni sus participantes son hombres entregados a los objetivos más nobles y elevados a favor de la comunidad. No puede permitirse que por apreciaciones parciales se observe a la política con distancia y menos aún con desprecio, sin ella, con todos sus posibles defectos aquí y en todas partes, es el motor de conservación y avance de cualquier sociedad. De poco nos servirá que el dólar valga más o menos pesos, pues en última instancia nuestra riqueza, debe medirse por la capacidad de participación y solidaridad cívica con el presente y el futuro de México. Mucho ha colaborado a la dignificación de la actividad política una campaña que ha abierto amplios cauces a la intervención de heterogéneos sectores de la población; alentadores son también los compromisos de Miguel de la Madrid de gobernar con el ejemplo y de mantener la consulta popular como línea invariable de su actuación política, pero esto no es ni puede ser suficiente. Se requiere también de una oposición más vital y menos rutinaria que estimule más a la acción que al desencanto; se requiere de toda una clase de hombres públicos que sean políticos y parezcan políticos. Se exige que todos colaboremos para destacar la trascendencia de la política de nuestras vidas, de una política que no debe estar separada de nosotros, pues es lo común, lo nuestro, como son las plazas, las calles, las fuentes, el país. |
