Tragedia personal. Drama cibérnetico
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Realmente no quería escribir sobre el tema, pero me envuelve, se me cruza en cada acto de mi vida y, perdón, no lo puedo evitar. El drama es tan grande que no tengo palabras para describirlo y tiene que venir a mi auxilio la poesía: “Hay golpes en la vida, tan fuertes…¡Yo no sé! |
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Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé! Son pocos, pero son.” Vallejo dixit. Y tráiganme tequila y más klinex. Todo se inició cuando mi computadora empezó a tener problemas para enviar correos electrónicos. Vinieron a arreglarla dos supuestos técnicos, de algo que ellos afirmaron desdeñosamente era “pan comido”. Un ligero presentimiento me invadió, vi a los sujetos como asesinos, especie de “Hannibals” sanguinarios dispuestos a comerme el cerebro. Tímidamente les pregunté que si no corría peligro la información que tenía. Haciéndome el chistoso, les comenté que la computadora era más que mi memoria, era mi clón. Me aseguraron que nada pasaría, no obstante, a los pocos minutos de manipularla sus rostros se descompusieron y me dijeron que tenían que llevarse el aparato. Esa noche ya no dormí. Muy temprano me comuniqué, logré que me tomaran la llamada ya entrada la tarde cuando amenacé en ir a quemar el local. Por teléfono me informaron que la habían “formateado”, la palabra la sentí con olor a muerte. “Y bueno pus”. Balbuceaba. “Bueno ¿qué?” Grité por el teléfono. “Pus nada –agregó- sólo que se desapareció la información”. Quedé mudo y paralizado. El tipo agregó para consolarme: “Pero le vamos a regalar un “quemador” para que no le vuelva a pasar”. Como si yo no hubiera sido la víctima sino el culpable. Salí corriendo, subí al coche, manejé a velocidades impensadas por mí, llegué al local y agradecí no traer una uzi, pues hubiera provocado una tragedia peor que un gringo loco en un “MacDonalds”. Tomé el “CPU” con cuidado y salí cargándolo entre mis brazos, como una moderna “Pietá” con su hijo cibernético asesinado. Así, durante varios días, recorrí los locales de varios técnicos. En la pantalla aparece todo en blanco, como me imagino debe de ser el cerebro de alguien que padece alzheimer. De vez en cuando salen signos extraños y palabras inconexas. Huellas deshilvanadas de textos que me llevaron meses en su redacción. Cuando a los filósofos y lingüistas españoles les mostraron lo que nosotros conocemos como computadora para que la bautizaran. Ellos analizaron sus funciones, evidentemente, impresionados, le pusieron uno de los nombres que distingue a Dios: ordenador. Efectivamente, prenderla era para mí como resucitar; encontrarme en el tiempo, en la circunstancia, en los recuerdos. De pronto me he quedado sin representación escrita de mis últimos años, de mi sudor; del trabajo, del pasado. Ver las ideas repetidas con sólo tocar un botón, les daba fuerza, viveza. Ahora, como si de pronto me hubiera dado un ataque de amnesia, al leer el índice de los temas perdidos los veo y los siento en penumbras. ¿Qué información, qué conocimiento es realmente indeleble en mi disco duro, perdón, en mi mente? ¿Dónde está mi trascendencia? ¿Qué tengo dentro de mi incapaz de borrarse sin necesidad de aparatos? Mi crisis va más allá de mí mismo y mi escepticismo alcanza a la civilización. Ser moderno es ser dependiente de las prótesis del celular, del coche, pero sobre todo de la computadora. Por cierto estimado lector ¿No sabe Usted de una computadora, ni muy moderna ni muy vieja, ni muy grande ni muy chica, ni muy cara ni muy barata, que se quiera casar conmigo? PUBLICADO EL 30 DE ENERO DE 2003 | EXCÉLSIOR |
