Edmundo González Llaca

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Sexualidad. Erotismo y muerte

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Con motivo del Día de Muertos una lectora me pregunta las relaciones del erotismo con la muerte. Respondo. Por lo que se refiere a la celebración que hacemos los mexicanos, creo que estas fiestas representan la exuberancia de lo erótico. Con el pretexto de nuestros difuntitos nos comemos a la muerte en todo tipo de presentaciones, de azúcar, chocolate y caramelo.

Los altares son de un gran colorido y mayoritariamente recuerdan las aficiones gastronómicas de los ausentes. Los espíritus regresan para recordarnos lo bello que son los sentidos.

Ya no la relación con la fiesta sino con la muerte misma, considero lo siguiente. El erotismo se desprende de la sexualidad, pero no la niega. Si nos quedamos en la raíz del erotismo, es decir, simplemente en el placer que provocan los aparatos reproductores, no hay duda que la muerte es una de sus posibilidades. Ni quien dude que la sexualidad tiene una gran dosis de violencia, que en el lance de la pasión voluptuosa podemos precipitarnos a cualquier experiencia; con tal de sentir a la muerte chiquita, somos capaces de llegar a la muerte grandota. Ya encarrerado el animal no entiende de razones ni límites.

Sade es el mejor ejemplo de estos seres, podríamos llamarles: eróticos tanáticos. En el furor de su voluptuosidad ya no sólo aceptaba el dolor, el sufrimiento y la muerte, sino que la buscaba como algo indispensable, condición para lograr el éxtasis. La vida, según Sade, era la búsqueda del placer, y el placer era proporcional a la destrucción de la vida. Es decir, como analiza George Bataille, en el pensamiento de Sade, la vida alcanza su más alto grado de intensidad en una monstruosa negación de su principio.

Estoy seguro que a Sade le valdría un comino, pero no comparto su teoría ni su praxis. Recordemos que el erotismo es la inteligencia dentro de la sexualidad. Si la política redime al hombre de su egoísmo, el erotismo humaniza la bestialidad sexual. La inteligencia no puede admitir los excesos, no van con ella. No puede haber algo más alejado del erotismo que una orgía, especie de rastro, donde todos los participantes son pedazos de bistek a disposición de los instintos sin conciencia.

Al estar sometida la satisfacción erógena a la racionalidad, la sexualidad es llevada por el erotismo más allá de la simple satisfacción de una necesidad biológica. El compromiso de la inteligencia, sin dejar de reconocer a la hormona, busca la satisfacción de la neurona. La carne no sólo es fuente de placer sino de conocimiento, en su nivel más alto: en la búsqueda de la belleza. La expansión de la vitalidad se hace dentro de la armonía, el erotismo no tiene que ver con la muerte, sería más bien el triunfo sobre ella.

Me detengo en la escritura del artículo, creo que puedo llegar a moralizar y un moralista es peor que un pornógrafo. Pero reconozco que el erotismo es la búsqueda del placer con responsabilidad: tiene una ética. El goce de lo corpóreo tiene en el erotismo un ritual en el que evidentemente se tienen presentes un código y unas normas. Muchas veces para trasgredirlas, lo que aumenta la satisfacción del deseo y le otorga ese sabor agridulce de placer y culpa.

Otro compromiso, llamemos moral, del erotismo, es el reconocimiento del prójimo. El goce no se concibe sin una satisfacción recíproca, no se crea que se trata de un acto de generosidad, el auténtico erotismo está consciente que la gratificación se multiplica si la pareja comparte el gozo. Esta sensación de plenitud, de unidad, no tiene nada que ver con el desgarramiento, el dolor, ni menos aún con la muerte.

PUBLICADO EL 11 DE NOVIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR

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11 Dic 09 | Erotismo, Muerte

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