Edmundo González Llaca

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San Valentín. ¿Hay vida antes de la muerte?

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Mis pérfidas intenciones eran seguir con la cuestión política, pero un lector me escribe y me pide que aborde el tema del amor, como lo hacía cada San Valentín. Para variar amenaza con no volver a leerme. Con gusto le respondo. Acabo de terminar una novela de Federico Reyes Heroles, “El abismo”, en el que aborda principalmente el miedo que le tienen las nuevas generaciones al amor.

¿Qué nos dicen los primeros pensadores al respecto? Platón es el primero en tratar de identificar las características de este sentimiento.

Cuando el genial griego enfrentaba dificultades para transmitir un pensamiento recurría a alegorías. Relatos en los que las ideas tomaban cuerpo en los seres humanos, en el tiempo y en el espacio; pues para los griegos la palabra idea tenía la misma raíz que la palabra ver. Una de las más hermosas alegorías es la del amor.

Según esto, una mujer llamada Inventiva, tuvo un hijo al que bautizó como Expedito y que, como ella, no era inmortal. El día que nació Expedito se festejaba a Venus Afrodita, diosa de la belleza, la que para festejarlo organizó un festín. Expedito tuvo el honor de que lo invitaran. Deslumbrado por la divina asamblea -o deprimido por el nombrecito que le habían puesto- bebió más de la cuenta, salió al jardín y en una glorieta se quedó dormido.

Atraída por los olores de los manjares del divino y humano reventón, acudió al lugar una mendiga llamada Apurada, a la que por supuesto los guardias le negaron la entrada. Apurada no se acobardó y utilizó ingeniosas estratagemas hasta que logró pasar al jardín. Lo primero que se encontró fue a Expedito, y se impresionó a tal punto de su belleza, que se olvidó de los apuros gastronómicos, motivo de su presencia en la fiesta, y se acostó con él, aprovechando el estado semiinconsciente del Expedito. De esta unión nació el amor.

Las interpretaciones a Platón son diversas. Pero vale subrayar que el amor nace en el jardín de los dioses, bajo el signo de Afrodita, diosa de la belleza, pero es engendrado por dos seres que no son inmortales, es decir, no pertenecen a la estirpe de los “satisfechos”. Tiene la belleza, el embrujo, la suerte de su padre. Pero también es sufriente, adolorido, imaginativo y valeroso; tiene que mendigar como su madre. Lo podemos encontrar sucio, con los pies desnudos durmiendo bajo el umbral de una puerta, pero es mágico e irresistible. Está a la mitad del camino entre la opulencia y la carencia, entre la sabiduría y la ignorancia, entre lo mortal y lo inmortal. Cabe decir que en ninguna de las interpretaciones se afirma que es necesario estar tomado como Expedito para poder enamorarse.

Lo cierto es que el amor es una cuestión histórica, un impulso cultural, sometido a una dialéctica social, a una realidad económica. Eso que vagamente llamamos “sistema”, contribuye determinantemente a la formación de un tipo de relaciones personales. Realmente la actual convivencia no auspicia el amor, a pesar de lo que afirmen los comerciantes.

¿En una estructura económica que exalta la acumulación, puede alguien tener el deseo de compartir su dinero? ¿En una sociedad en la que existe toda gama de libertades, existe alguien que quiera someterse a los gustos e imperativos del otro? ¿Ahora cuando hay una gran diversificación libidinal, sin los problemas de antaño del romance, habrá algún masoquista que se reduzca a una pareja? ¿Si lo valorado por la gente es lo seguro, existirán voluntarios para lanzarse al precipicio de incertidumbres que es el amor? El problema es que sólo amando puede haber vida antes de la muerte.

PUBLICADO EL 13 DE FEBRERO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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