Rumores: Cáncer social
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| Artículo publicado en el periódico Excélsior el 19 de agosto de 1982. |
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El hombre es un circuito permanente de comunicación. El vivir impone que mente y cuerpo envíen y registren incansablemente mensajes. No tenemos un simple gusto por la comunicación: somos ejemplo constante de ella, es requisito de nuestra condición humana individual que fatalmente se extiende a todo lo que hacemos. Así, convivir en sociedad, ser ciudadano, exige comunicaciones, única forma de armonizar los intereses personales con los de grupo, comunicaciones que nos hagan conscientes de que compartimos no sólo una existencia material sino también un destino común. |
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Todo esto viene a colación porque, a consecuencia de las recientes medidas económicas adoptadas por el gobierno, algunos ciudadanos sin discriminación de edad o sexo y sin meditar, tal vez, sobre la trascendencia social de sus actos, han difundido una serie de rumores sobre invasiones extranjeras, carestías, pérdida total de libertades, etc., etc. Con ello se pretende romper la sana comunicación de una vida colectiva y convertir al país en un enorme lavadero o salón de belleza de dos millones de kilómetros cuadrados con habitantes enfrascados en un reñidísimo torneo de invención de catástrofes. Hay algunos rumores, ciertamente, que son reflejo de la tensión y crisis financiera, pues ante la complejidad derivada de conceptos tales como doble paridad, mercados cambiarios, negociación de los adeudos, dólares preferenciales, etc., y, la situación bien concreta del aumento de precios en los productos, parte de la opinión pública responde con una interpretación emocional, simplificada, más cercana a su comprensión. A la complejidad y dificultad de la economía nacional, la reacción es la economía mental, generándose así el chisme, más sabroso y ameno que cualquier teoría financiera. Pero hay algunos rumores, que forman parte de toda una estrategia reaccionaria o anarquista, de grupos sabedores de que las versiones caprichosas no estimulan la capacidad política de los pueblos sino que al contrario aletargan las conciencias, propician lo que aparentemente advierte. El rumor es un ácido que destruye la comunicación, “cemento” de la cohesión social, pues rehuye la riqueza del diálogo, de la confrontación entre clases o partidos, y fomenta cobardemente el desahogo inútil o el desaliento que sólo beneficia a los que medran de la confusión del pueblo. En una situación de crisis económica, como la que vive hoy México, la amenaza para el gobierno no es la oposición y menos aún la crítica que, en última instancia nos llevan a la búsqueda conjunta de soluciones. La amenaza, y no sólo para el gobierno sino para la nación entera, es la del desencanto estéril que socava las bases mismas de las fuerzas sociales. El camino que va de la crisis a la apatía que todo lo degrada está empedrado de rumores holocáusticos. El licenciado Miguel de la Madrid ha señalado, con tino, que la verdad y la contundencia de los hechos son la mejor forma de comunicación de un gobierno con su pueblo. Por eso, eliminar la oscuridad del rumor con la claridad de la discusión constituye en estos momentos un objetivo primordial para las autoridades públicas. Sin embargo, también incumbe a la ciudadanía reconocer que los rumores no tienen la supuesta ingenuidad de los circulados en los callejones de pueblo o en las oficinas burocráticas. Por lo contrario, constituyen en el mejor de los casos, un desperdicio de energía social en épocas precisamente de análisis, de crítica y de participación. En suma, convengamos en que aceptar y fomentar los rumores es trabajar contra nuestro derecho a un futuro más promisorio. |
