Programa y estilo, el valor de las palabras
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Las palabras no sólo expresan nuestro pensamiento ellas también revelan, querámoslo o no, nuestras motivaciones, intereses y sentimientos más ocultos. Al hablar comunicamos ideas, de la misma forma que exhibimos todo el caudal de nuestra personalidad, la síntesis de lo que somos, la totalidad de nuestra esencia. Por ello, en los discursos de toma de posesión de los presidentes, no únicamente analizamos sus postulados ideológicos o su plan de gobierno, sino que también identificamos el “estilo personal de gobernar” de los próximos seis años. |
| Así, por ejemplo, al protestar Luis Echeverría como Presidente puso de relieve su principal preocupación por la política exterior del país y por la necesidad de intensificar el diálogo entre todos los sectores, pero reflejó igualmente lo que sería una constante de su sexenio; su inclinación a hablar sobre el mayor número de temas, en el menor tiempo posible y con el mayor número de slogans imaginable. José López Portillo, a su vez, subrayó su preocupación por mejorar la organización de la administración pública y ampliar la reforma política, pero también hizo gala en el discurso de toma de posesión de sus recursos literarios, coloquiales: su estilo emotivo y patético que conservó hasta su último informe con la reiteración de perdón a los marginados.
A este México escéptico, flagelado por grandes y viejos problemas mas aún no resueltos y por otros aparentemente pequeños pero que por su agudización se han convertido en modernos villanos de la felicidad social, correspondió un discurso en el que Miguel de la Madrid abordó las causas y consecuencias principales de la crisis: la inflación, el desempleo, la carestía, la corrupción, las presiones internacionales; pero de la misma manera se refirió a los ya no tan baladíes azotes comunitarios: la contaminación y los excesos policíacos. Es decir a ese humo y a ese ruido que nos asesinan en silencio, a esos “guardianes del orden” que nos acechan para “acompletar” su presupuesto o para “asestarnos” en algún rincón oscuro su personal sentido de la justicia. Nunca antes en la historia del país había pesado tanto una banda presidencial. A la situación de crisis Miguel de la Madrid enfrentó un estilo sobrio, denso, sin metáforas ni alegorías: a tal punto crítico y descarnado que envidiaría el más furibundo opositor: “hay desconfianza y pesimismo”, “vivimos una situación de emergencia”, “la situación es intolerable”. Ahora bien, el camino del progreso de México exige un Presidente que sea hombre honesto y sincero, profesional, capaz y eficiente, líder que exprese los deseos de las mayorías, gobernante que cumpla y haga cumplir a su equipo los compromisos establecidos, un estadista que resuelva los problemas de la coyuntura y prepare el futuro de México; pero exige, sobre todas las cosas, del principal protagonista de la historia: de un pueblo consciente de la crisis, participativo, organizado, vigilante, trabajador y solidario. Todos a sus puestos. 02 de diciembre de 1982 |
