Edmundo González Llaca

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Políticos. El peor defecto

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Durante un buen número de artículos escribí sobre las cualidades que debían adornar al hombre político, en ese tiempo un lector me solicitó que abordara también los peores defectos que podían padecer los hombres de poder. No lo hice por dos motivos,

primero me parecía que era un poco ocioso, pues se trataba simplemente de pensar lo contrario a las virtudes descritas; segundo, el pecado central del político es tan obvio, que me sentía tan poco original señalarlo, como ponerle a una paletería: “La Flor de Michoacán” ¿Por qué?

El “defectito” viene descrito desde la Biblia, es considerado uno de los más antiguos; si se adquiere viene acompañado casi por todos los otros. Se le atribuye uno de los primeros cismas celestiales, a tal punto que no ha habido santo y religioso que no advierta de sus peligros. Si en los humanos su práctica es vista muy peligrosa, en el caso de la política es la negación misma de esta actividad. No porque sus oficiantes vayan a perder su alma, que eso de seguro, sino porque es el vicio que más afecta el ejercicio de gobierno. Se trata de la soberbia.

Satán es el primero y el mayor ejemplo de soberbia, la tomó tan a pecho y de tiempo completo, que pasó de ser ángel a convertirse en demonio. Su lema de batalla es “Non serviam”, “No serviré”. Su engreimiento lo lleva a sentirse igual y hasta superior a su creador. La soberbia desafía a la autoridad y a todo aquello que tiene la desgracia de rodearlo lo desprecia, por lo que no pierde oportunidad para humillarlo.

Un político soberbio no reconoce poder sobre él, ni humano, ni legal ni institucional. Su auto exaltación lo conduce a no escuchar más verdad que la suya. Obviamente ignora la crítica y la autocrítica le resulta inconcebible. El diálogo sólo es posible, siempre y cuando se esté de acuerdo con él. Cualquier diferencia es observada con desdén, lo que siempre lleva al soberbio a radicalizarse. La reina de Blanca Nieves empezó preguntándole al espejo y terminó de asesina frustrada.

El soberbio sufre horriblemente. Su pecado exige de público, de gente que lo escuche, lo obedezca y se someta a su dogmatismo. Su desgracia es que no reconoce valor en los que lo elogian. El soberbio, como la amiba, vive una autosuficiencia que no le permite integrar al otro, ni compartir sus sentimientos. Se siente incomprendido y único, sensación que lo lleva de la mano a la soledad y a la iluminación autoritaria.

El soberbio, al vivir desgarrado en esta condición, de un humanismo que exige público y de un inhumanismo que lo hace ajeno a los individuos, rompe su equilibrio interno y su percepción de lo externo. El político soberbio primero aparece audaz, luego imprudente y finalmente temerario. Una valentía regada en la pérdida de la realidad y un resquebrajamiento de los valores del bien y el mal. Su desvirtuada consideración de pensar que tiene más poder del que posee en los hechos, provoca que actúe en el vacío, frustrado recurre al chantaje, a la amenaza y a la agresión.

Un buen político exige precisamente de lo contrario, de empatía para comprender a los demás, de sensibilidad para luchar por sus anhelos, de previsión a la reacción que provocarán sus decisiones. Un buen político exige de prudencia y el control de sí mismo para poder controlar su circunstancia.

Estoy seguro que al hacer la descripción del político soberbio, cada lector identificó a uno o más. La realidad es que vivimos, escribía el brillante filósofo Nicol, “en una época desaforada por la soberbia”. La vanidad y el pequeño orgullo nos deslizan a todos en este pecado con letras mayúsculas.

PUBLICADO EL 05 DE AGOSTO DE 2004 | EXCÉLSIOR

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