Edmundo González Llaca

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Periodismo escrito. Un panorama

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“Tucídedes, de Atenas, escribe sobre la guerra del Peloponeso”. Así comienza, palabras más palabras menos, su libro sobre el tema uno de los primeros historiadores del mundo. Advertencia de honestidad impecable a los lectores. Era decirles, soy ciudadano de uno de los pueblos involucrados en el conflicto, vacúnese en contra de mi inevitable parcialidad.

Hermoso ejemplo que compromete a todo escritor. Diría mi tía la dermatóloga, vayamos al grano.

De varias partes me han llamado para hablar de algo que, en principio, todos parecen coincidir: “la crisis de la prensa escrita”. Con gusto lo hago, pero advierto, tengo veintiún años de articulista en Excélsior, mismos que cumplo este mes, sin embargo mi contacto con el periódico es enviar religiosamente mi colaboración e ir a cobrar, cuando había recursos.

Mi conocimiento de los periódicos y sus problemas internos es limitado, es como si la persona que en la plaza de toros está encargada de clavarle ese rejón de colores en el lomo del animal, bien resguardado y casi en la oscuridad, escribiera sobre el arte del toreo. Esta es mi advertencia en honor a Tucídedes.

Desde hace medio siglo la prensa escrita ha padecido diversos zangoloteos que la han obligado a un cambio constante de sus funciones. Primero fue la radio, que aportó la comodidad de no fijar la vista; posteriormente fue la televisión con la imagen; regresó una vez más la radio, al ser el primer medio en el que hubo apertura crítica. Mientras en la prensa las ocho columnas siempre eran las declaraciones del Presidente o algún secretario, en la radio aparecieron las primeras voces discordantes. Ahora es el internet que prácticamente nos informa, ya no digamos a cualquier hora, en cualquier segundo.

Estos avances técnicos han hecho que la noticia, que es reconocida como una fruta de fácil descomposición, cuando aparece en la prensa tal vez no esté podrida, pero eso sí ya muy manoseada. Lo que ha repercutido en la pérdida en las ventas y, lo que es más grave, en el peso en la formación de la opinión pública. Cuando hoy se habla de cuarto poder ¿Qué porción le corresponde a la prensa escrita?

Todavía en los noventas la prensa tenía una gran trascendencia. Sabíamos a qué periodistas leía el Presidente e incluso éste les respondía públicamente. Era tan grande su influencia que un periódico era capaz de ser el fiel de la balanza en una lucha electoral. Parafraseando a Pedro Infante, de ese chorro de tinta sólo queda un chisguete.

La mayoría de los actuales funcionarios y gobernantes, de corte empresarial, realmente no toman en cuenta a la prensa, salvo para quejarse de lo que consideran sus excesos. Quiero reconocerlo, morbosamente agradezco sus lamentos, significa que de vez en cuando, quizás en alguna peluquería, leen los periódicos. Vuelvo a sentirme fugazmente importante.

Este desdén de los nuevos gobernantes no es totalmente injustificado, llegaron al poder no sólo en contra de la mayoría de la prensa sino hasta de su pitorreo. Si eso no fue obstáculo para ganar en las urnas ¿Por qué darle importancia al periodismo escrito ahora que se está bajo las columnas doradas de la burocracia?

Este abandono del gobierno ha provocado claroscuros. Se ha enterrado el “cochupo”; hay una libertad sin límites. El Fobaproa secreto, o no tan secreto, con el que contaba la prensa en caso de problemas financieros, ya no existe; cada medio se rasca con sus propias uñas. La crisis de algunos periódicos ha sido el reflejo de la crisis de toda una clase política y de una forma de relación con el poder público. Bueno, luego le seguimos.

PUBLICADO EL 27 DE FEBRERO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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