Partido en el poder: Compromiso ideológico
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| Artículo publicado en el periódico Excélsior el 29 de julio de 1982. |
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Mientras de fuera vienen investigadores con avanzados microscopios y se llevan gordísimos cartapacios con los resultados de sus estudios para intentar adaptarlos a sus países de origen, aquí en México, desde hace años, los oráculos de la oposición anuncian su desmoronamiento, destrucción o desaparición inminente. Lo cierto es que el partido mayoritario desde 1929 ha jugado y sigue jugando un papel decisivo en la evolución y formación del poder político del país. |
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Las razones de su éxito se han ubicado tanto en su capacidad para aglutinar y armonizar la multiplicidad de fuerzas sociales bajo un proyecto nacional como en su voluntad de moverse con eficacia en la realidad sin olvidar el “deber ser”. Es decir, el PRI ha pugnado desde su formación por ser un partido pragmático pero también de doctrina, esquivando en toda su larga historia bien sea la praxis absoluta que lleva al crecimiento sin dirección, bien la delectación especulativa que conduce a la impotencia. Creo, sin embargo, que el elemento fundamental de la permanencia del PRI en el poder durante más de 50 años ha sido su alejamiento de sectarismos o rigideces. Esto es, su posibilidad de disentir y ventilar las diferencias entre las diversas corrientes sin incurrir en las purgas y los graves conflictos internos de otros partidos que, convertidos en iglesias, sofocan cualquier posición particular de sus militantes con la amenaza del posible pecado de sacrilegio y la condena de la excomunión inmediata. No obstante, como un Edipo cualquiera, la dialéctica de las cosas no respeta a nadie y menos aún a los partidos políticos, y lo que ha sido causa y principio de fuerza puede convertirse en factor de debilidad. Es entonces cuando se requiere de la autocrítica para adaptar la institución partidaria al continuo movimiento de la vida y la sociedad. Por ello, en su campaña, Miguel de la Madrid sostuvo: “Muchas veces hemos sentido y observado que el partido no ha estado presente en las grandes luchas que dan los gobiernos de la Revolución”. A esta severa crítica, él mismo agregó: “Una de las vertientes que son indispensables para mejorar nuestro partido, para modernizarlo y fortalecerlo, es la tarea ideológica. No somos un partido que participa en el proceso del poder político solamente para componer intereses sectoriales o para atender a la solución de conflictos políticos de circunstancia; somos un partido de ideas”. En este sentido, Miguel de la Madrid recupera uno de los objetivos históricos del Partido Nacional Revolucionario, aquél que lo define no únicamente como una organización dedicada a cambiar el poder carismático a favor del poder institucional, sino también como un instrumento para combatir las corrientes conservadoras que en todo momento amenazan los avances sociales. Tal como lo señaló el primer presidente del PNR, Manuel López Treviño: “Será nuestra fuerza – el partido- contra los resabios de la reacción y contra los claudicantes de la Revolución misma”. La actitud autocrítica del candidato fundó la esperanza y supo alentar a los ciudadanos el 4 de julio. Lo importante ahora es que ese consenso sea puesto al servicio de una auténtica vigorización doctrinaria del PRI, aquella que el país necesita y espera de su fuerza mayoritaria. Así pues, la única forma de lograr que la heterogeneidad de corrientes del partido se mantenga como un elemento de su vigor y dinamismo, y no como principio de descomposición, es fundamentalmente mediante una labor ideológica que oriente la participación y el apoyo popular, a fin de articular las diversas tendencias y de obtener esa coincidencia anhelada que borra las fronteras entre gobernantes y gobernados. |
