Edmundo González Llaca

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Ombligo. Erotismo o pornografía

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Mis miles de lectores, nada de la falsa modestia de mis tres o cuatro lectores, no se ponen de acuerdo. Algunos consideran que mi anterior artículo sobre el ombligo era erótico, otros afirman que era pornográfico. No identifico, bien a bien, que término utilizan para decirme un elogio o un reproche. Tengo la impresión de que ante mis paisanas queretanas herí alguna susceptibilidad, pues las que antes me saludaban con agrado, ahora al verme, como en el corrido de Juan Charrasqueado, sólo se aconsejan y se van.

La frontera entre el erotismo y la pornografía es neblinosa, escurridiza y subjetiva. Recuerdo que cuando era niño tenía tres tías solteronas, una vez vinimos de Querétaro al DF y dos de ellas fueron a un cine. A la tercera la dejaron, pues estaba dormida. Por supuesto, lejos del terruño no contaban con la hoja parroquial que las orientara sobre la moralidad de las películas y decidieron asistir a un “cine de arte”. Al regresar, mi tía les reclamó su abandono. Una de ellas le respondió: “Que cine de arte ni qué nada. Pura pornografía. ¡Qué bueno que no viniste! Nomás nos fuimos a alterar”.

Desde entonces comprendí que eso de distinguir entre erotismo y pornografía era tanto como dividir cabellos. Según los especialistas, el erotismo es la conciencia de lo humano en la actividad sexual animal; es la elucubración racional y meditada a la actividad simple de la reproducción. El erotismo anda buscando la excitación y el placer, no le pasan por la mente los hijos.

La creación del deseo, vía el erotismo, se asocia a varios elementos. El primero es la prohibición. El objeto erótico es una refinada combinación que tiene como resultado despertar la animalidad, insinuando el rompimiento de las reglas. El ombligo es ¿era? esencialmente erótico. No es la sexualidad, pero nos remite a ella, nos recuerda tanto el acto como que salimos de una mujer. Antes se escondía el ombligo, porque verlo era sinónimo de desnudez, repito, de quitarse la ropa. Los cuerpos se exteriorizan, paradójicamente para tener relaciones íntimas.

Ahora ya no está oculto, ver ombligos es choteo, no se infringe ninguna norma, no significa ninguna exclusividad para el compañero y la mujer que lo exhibe no anuncia ninguna inminente entrega sexual. El hábito de verlos hasta en la sopa, le ha quitado intensidad a la experiencia de contemplarlos y las mujeres se han visto presionadas a profundizar sobre su atractivo, ahora lo adornan para despertar el llamado de atención aletargado por la costumbre.

El erotismo también está asociado a la pasión, es decir, a la violencia sexual, a como dice el poeta, “a la guerra civil de los sentidos”. El erotismo es, por supuesto, la posesión. Como le platicó a mi mamá la colaboradora doméstica al anunciarle su embarazo: “Me llevó a pasear al campo y atrás de unos matorrales me hizo suya”.

El ombligo es la ruptura violenta. La vida se inició cuando un ser accedió con urgencia a otro y hubo una fusión de líquidos, a partir de ahí fuimos parte de nuestra madre. El ombligo es la cicatriz de un origen que se ha superado. La individualidad se ha ganado en un acto también violento: el corte sin contemplaciones del otro cuerpo.

No sé si mi artículo era erótico o pornográfico, pues sigo sin definir con precisión sus campos, lo que sí estoy seguro es que era nostálgico. Antes el ombligo era un pequeño caldero, el sólo verlo atizaba el fuego de la pasión. El descaro le ha quitado la prohibición erótica y la revelación del secreto. El ombligo sigue recordando la sexualidad, pero a la imaginación le han empobrecido los misterios.

PUBLICADO EL 07 DE OCTUBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR

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