Navidad. Erotismo y misticismo
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El erotismo es el intermediario entre la carne y el amor oscila entre el sensualismo y la espiritualidad, no deja de tener alguna semejanza con la función de la religión, que significa religar, volver a atar; lo que une a los humanos con los dioses. Si el erotismo es el puente entre la piel y el amor, la religión vincula el aquí y el más allá. |
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No es de extrañarse que muchas reflexiones eróticas desemboquen en visiones profundamente religiosas. Donde más claro se observa este fenómeno es en las ideas sobre el cielo, que es la gran y última de las utopías. El cielo designa nuestras aspiraciones, el lugar donde encontraremos nuestra plenitud y perfección. En este terreno son las mujeres las que en forma más sincera y abierta expresan un misticismo que no oculta toda la pasión y vehemencia de la carne. Mectilde (1207-1282) es una mística alemana, en sus visiones al cielo aparece como un espacio con diversos niveles. En el décimo, el más alto, se encuentra en la cámara nupcial de Cristo. Durante una de sus visitas al cielo, ella es admitida en esa “cámara secreta”, reservada a las vírgenes. No resisto citar los comentarios de los especialistas en el tema del cielo, Colleen McDannell y Bernhard Lang. “Según su relato, se acercó a Cristo, que estaba sentado en su trono; se arrodilló dándole las gracias por la gracia que le concedía; se quitó la corona de la cabeza y la colocó sobre las rosadas cicatrices de sus pies, deseando poder acercarse más a Él. Él la tomó es sus divinos brazos, colocó su paternal mano en su pecho y contempló su rostro y en un beso, ella se sintió transportada por encima de todos los coros angelicales. Para la más pura de entre las vírgenes, Cristo reservaba el último y más elevado placer”. “En otra de sus visiones de intimidad celestial nos encontramos con el tópico cortesano de la cita a escondidas con el amante; el alma de Mectilde se apareció en el cielo como una noble dama que hacía tiempo que venía rechazando las declaraciones de amor de un “apuesto joven” que la asedia; ahora, sin embargo, le hace saber que se va a rendir. Oyendo que el Duque -el joven- se acerca, sus damas de compañía la acicalan y la envían a un bosque en el que cantan el ruiseñor y otros pájaros. Después de bailar la dama, se siente cansada y anhela la unión con el amado, con quien se encuentra al mediodía en un lugar umbroso junto a un riachuelo y se va al palacio. La amada (Mectilde) va hacía el joven más hermoso (Cristo) y entra en la cámara de la divinidad invisible; en donde encuentra la cama del amor. En este punto el Señor le habla con dulzura, diciendo: ‘Despójate del (los vestidos) miedo y la vergüenza y de toda virtud exterior. Mantén, para la eternidad, sólo esas virtudes que están, dentro de ti por naturaleza, y que son tu noble apetito sexual y tu ardiente deseo; a esos responderé yo eternamente en mi ternura sin fin’.” “Mectilde responde, tímida y poco dispuesta al principio: ‘Oh, Señor, ahora soy un alma desnuda y tú un Dios gloriosísimo’, el amor acaba por ahuyentar finalmente su miedo y eleva su espíritu hasta igualarlo con el de su divino amante. Habiendo recuperado su confianza, exclama: ‘nuestra unión es la vida eterna sin muerte’. De manera igualmente confiada, dice a sus lectores: De esta forma tiene lugar lo que ambos desean; él se da a ella, y ella a él. Mectilde sabe que la dichosa unión, celebrada en secreto, no puede durar por siempre. Tras un breve encuentro, se separan, pero sus corazones no podrán ya estar separados jamás”. Inmersos en el erotismo y el misticismo, una muy feliz Navidad. PUBLICADO EL 23 DE DICIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR |
