México y el terrorismo. Cuatro años después
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Cuando le platiqué a un amigo panista mi intención de escribir sobre el aniversario de la destrucción de las torres gemelas de Nueva York, aprovechó para intercalar en la conversación un spot propagandístico a favor de la decisión del Presidente Fox de no participar en la guerra de Irak, sin duda una de sus mejores decisiones, si es que no la mejor, y advertirme que no me leería, pues el asunto no tenía nada que ver con México. Creo que esta es una opinión generalizada, el terrorismo se observa como un fantasma que no se aparece por nuestro empobrecido territorio y son otras cosas las que nos deben quitar el sueño. No es así. Veamos. |
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Todavía no se disipaba el polvo provocado por la caída de las dos torres gemelas cuando los Estados Unidos ya operaba su estrategia: contagiar al mundo de su terror e involucrarnos en su guerra. El primer paso fue invadir Afganistán, cambiar su gobierno y capturar a Osama Bin Laden. La misión tuvo un éxito parcial, pues efectivamente pusieron el gobierno que quisieron, pero el líder de Al Qaeda se les escapó en un territorio que tiene más escondites y salidas que las vecindades de Tepito. El ridículo lo pretendieron lavar con la invasión a Irak, donde sumaron a un buen número de países europeos. ¿Cuáles han sido los resultados? Si bien Osama y su grupo ya no cuentan con su santuario territorial y su ejército organizado, la ocupación de los Estados Unidos ha estimulado un odio generalizado de todo el mundo islámico. La victoria militar derivó en la creación de un enemigo más amplio, difuso y radical, es decir, la población musulmana. Se borraron las fronteras del conflicto y ahora los terroristas potenciales se encuentran diseminados en toda Europa. El remedio resultó peor que la enfermedad, se extirpó el tumor pero se salpicó la metástasis a los países involucrados. Primero fue España y luego Londres, las víctimas de un terrorismo que “mata muriendo” y que provoca en las sociedades un terror que se enfoca en una xenofobia anti musulmana, pues los terroristas eran parte ya de su pueblo, incluso habían adoptado la nacionalidad de los países en los que pusieron las bombas. Armado el desgarriate, los norteamericanos están conscientes que su poderío no es suficiente para controlar a un enemigo que han multiplicado. La salida no la buscan en la paz y en la justicia internacional sino en el alineamiento forzoso de todos con los que tienen que ver con ellos y, por supuesto que dependen de ellos. Obviamente, no vayamos muy lejos, nuestro país. No exagero. El lunes el Canciller Derbez reconoció ante los senadores que el Ejército mexicano podría participar en acciones militares con las fuerzas de Estados Unidos para la defensa y seguridad de la región. Nada nos asegura que esta ayuda humanitaria a Nueva Orleáns, no sea un primer paso para que nos vayamos acostumbrando, en forma tersa e ingenua, a esta posibilidad. Ya leí el correo electrónico de un paisano en Estados Unidos, que se quejaba que nuestro ejército no ayudara a los damnificados, sino que aparecieran en la televisión sirviendo comida a los soldados norteamericanos. Sea para cuidar las fronteras del paso de los terroristas o para colaborar en la lucha contra el narcotráfico, pero la integración militar de los dos países pareciera estar en nuestro futuro. No soy especialista prácticamente en nada, menos en terrorismo y en relaciones internacionales, lo único que se me ocurre es destacar este riesgo. Una última cuestión, la cooperación transfronteriza radica en la confianza hacia el vecino, reconozco que no la tengo. Publicado en Excélsior | 15 de Septiembre de 2005| |
