Manifestaciones, palabra y poder
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“Al principio era el Verbo”. Juan 1:1 En la sesión del Senado en la que se entregó la medalla “Belisario Domínguez”, los representantes del Congreso de la Unión coincidieron en sus intervenciones al destacar que semejante conmemoración recuerda, entre otras cosas, la importancia que tiene la palabra como instrumento de influencia social y la necesidad correspondiente de utilizarla responsable y libremente, como arma en contra de la mentira, la traición y la injusticia. |
| Efectivamente, de acuerdo con los legisladores, hasta para adquirir la plena condición de hombre requerimos fundamentalmente del lenguaje, pues no hay idea ni concepto que no busquemos apresar en una palabra y, en última instancia, reflexionar es simplemente hablarnos a nosotros mismos, pero en silencio.
De igual forma, la palabra no sólo está en el parto de la historia humana. Al ser el eslabón principal entre los seres humanos, lo que les permite unirse y comprometer su conducta en un proyecto fundado en valores e ideas, la palabra ayuda a la formación de la sociedad. Asimismo, la política nace como el más noble oficio de la Tierra, cuando los hombres aprenden a luchar por el poder sin recurrir a la violencia física, utilizando en cambio la palabra con intensidad. Nunca hablamos inocentemente; hablamos para obtener la aceptación y el apoyo de los que nos rodean. La palabra nace con el poder, la palabra es el poder mismo. Por ello, quizá, resulta paradójica la actitud de la televisión comercial que un día antes de la entrega de la medalla “Belisario Domínguez”, expresó su repudio a las manifestaciones públicas que se realizan en la ciudad, invitando a los automovilistas a que muestren su descontento con bocinazos por las molestias que ocasionan estas concentraciones. Paradójica actitud, insistimos, porque proviene de profesionales que viven por y para la comunicación y están conscientes de que una información, una opinión o una palabra que no sea manifestada públicamente no tiene efectos sociales. Y la calle es precisamente el ámbito al que se recurre cuando algunos de los grandes medios masivos obstaculizan su expresión. Respetamos plenamente el derecho de la televisión comercial para externar su inconformidad en el disfrute de esta libertad consagrada en la Constitución, pero destacamos su contradicción con el aliento a su ejercicio hecho por el Senado de la República. Pensamos que lo que está en discusión, finalmente, es el tipo de sociedad que se desea: la sumisa, callada, estable, unitaria y tal vez fluida en su tránsito, o la participativa, plural, incierta, esa que decide pagar el tributo de ver congestionadas las calles en lugar de congestionar las cárceles, la que prefiere la crítica a la violencia que sigue inevitablemente al disimulo; la que, en suma, lo hemos ya dicho, está consciente de que “la libertad no hace felices a los hombres, los hace simplemente hombres”. 17 de octubre de 1982 |
