Edmundo González Llaca

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Los silenciosos: Al rescate del voto

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Artículo publicado en el periódico Excélsior el 02 de abril de 1982.

Es una tarea de campaña que comparten los nueve partidos registrados, es una actividad sobre la cual no hay debate ni controversia es un lema de propaganda que todos manifiestan, es un objetivo que concita los esfuerzos de tirios y troyanos, pintos y colorados: “vote por quién quiera, pero vote”.

Claro, todos señalan las diferentes causas al problema del abstencionismo: el predominio del partido mayoritario, un exceso de partidos y organizaciones políticas que atomizan y confunden al ciudadano sobre las opciones ideológicas que representan, una oposición incapaz de animar ni una despedida de soltero, un abuso de los tecnicismos en la actividad pública que provoca el rechazo de los ciudadanos, un sistema de comunicación masivo enfocado principalmente al consumo y, por lo tanto, al egoísmo, que va en detrimento del compromiso comunitario; una actitud política torpe, sostenida por quienes creen protestar de ese modo, sin advertir que su abstencionismo provoca un vacío político que sólo puede ser ocupado por las fuerzas más oscuras, antidemocráticas y del país.

Sin embargo, la opinión cada vez más generalizada respecto a la formación del abstencionismo es que, aunque con diferente grado de culpa, nadie puede lanzar la primera piedra de la inocencia. Su combate exige, como lo propone Miguel de la Madrid, la intervención no únicamente de los partidos políticos, sino de todas las fuerzas sociales que comparten la vida institucional y jurídica que nos rige y que están claramente conscientes de que la superación de todas las deficiencias depende de nuestra capacidad para incrementar la participación del mayor número de gobernados en las decisiones políticas.

En el caso de los medios de comunicación, algunos teóricos consideran que contribuyen a convertir en atole la sangre de los ciudadanos y por lo tanto a la formación de su apatía política, a través de un bombardeo indiscriminado de mensajes. Densidad, según afirman, que produce angustia y desconcierto, y forma usuarios que lo leen todo, pero que son analfabetos políticos en la medida que saben los efectos de las cosas pero no las causas que las provocan.

Por ello, la responsabilidad del comunicador social es dar significado a ese torrente de información de datos que caen sobre el agobiado y escéptico ciudadano. Pero en el cumplimiento de esta misión de orientador, dos son las tentaciones que habrán de sortearse, pues la pasta que se maneja es la política, lo cual implica inevitablemente abordar, por una parte, las ideas globales y las decisiones que afectan a los grandes conglomerados. Tales magnitudes nos seducen a lo rimbombante, a la confusión de lo grandioso por lo grandote, lo serio por lo solemne, aun academicismo estéril que encubre un profundo desprecio por el pueblo.

Pero, por otra, la política también está hecha por hombres. Hombres frágiles, singulares y concretos, y ahora es la anécdota la que nos guiña el ojo y tienta a un simplismo que nos da licencia para desacreditar, por ejemplo, a algunos candidatos y extender luego ese descrédito a las listas de las que son parte o a las instituciones a las que aspiran formar, simplismo que nos lleva a explicar las organizaciones o las luchas de las clases sociales por la bilis, afectos y humores de sus protagonistas.

Todo esto viene a cuenta porque hoy coincidimos –rara unanimidad- en que durante los meses que van de aquí a julio, uno de los grandes enemigos a vencer es el desinterés ciudadano, la apatía, la alineación vuelta abstencionismo. Tenemos así frente a nosotros, un campo excepcional para ejercer nuestra tarea orientadora como comunicadores. Sería un crimen promover la despolitización y el escepticismo a cambio del muy corto orgullo de no sacrificar los dictados de nuestras petulancias intelectuales o las mezquindades de nuestro subjetivismo.

En fin, sin tentaciones no hay virtud y lo importante hoy es señalar que ésta en el caso del comunicador, sólo tendrá sentido pleno en la medida que contribuya a recuperar el interés por la política, a impulsar el deseo de influir en todo lo que nos afecta y de hacer hablar a los silenciosos. Tendrá valía en la medida en que logre estimular el orgullo por ejercer el privilegio que costó la sangre de un millón de mexicanos y alcance a popularizar la idea de que la apatía y el disimulo no perdonan, pues si éstos se enseñorean no tardarán en alcanzarnos el autoritarismo o la violencia.

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