Edmundo González Llaca

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Legisladores. Mal educados y relajientos

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Estaba en mi coche frente a un semáforo, esperando la luz verde, en el momento en que apareció, con la prudencia correspondiente y al grito interno de “por si las dudas”, miré hacia todos lados. Un taxista que estaba parado en la calle contraria, al observar mi prudencia, aprovechó para pasarse el alto que le correspondía y cruzarse en mi camino.

Lo hizo en forma lenta y airosa, como si fuera la “Flor de la Canela”. Molesto le toqué el claxon para que cuando menos apurara su paso, lo único que provoqué es que detuviera la marcha de su automóvil, exactamente frente a mí, e hiciera -sin siquiera conocerla- reminiscencias a mi madre hace años fallecida.

El hecho viene a colación porque se afirma que el grupo de perredistas que armó el escándalo el día del Informe, es un grupo de legisladores que no representa nada. Esto me parece muy injusto y quiero oponerme, por supuesto que representan a cierta gente, la que espero sea especie en extinción, como el taxista. No conformes con violar las normas mínimas de la ley y la educación, son prepotentes, descarados y relajientos. Auténticos terroristas civiles de las instituciones.

La mente chata y angosta de estos legisladores, por supuesto también del taxista, no conocen de las voluptuosidades que describía Ortega y Gasset: “Yo debía contestar con algún vocablo tosco o, como decían los griegos, rural, a D. Miguel de Unamuno, energúmeno español. Pero… esto sería muy poco divertido. Quienes rompen las reglas artificiales de la buena educación se quedan sin gozar la fruición delicadísima de ejercitar íntegramente sus energías dentro de ellas. Pues qué, ¿no estriba todo el placer del juego en el sometimiento a ciertas reglas convencionales y hasta ridículas? ¡Divino juego civil dentro de las reglas quebrantables sin quebrantarlas! ¡Suprema voluptuosidad para quienes son capaces de sentir la voluptuosidad de la ley!”.

Su problema no es sólo de decencia, inteligencia y exquisitez intelectual, son simplemente unos enfermos sociales, a los que describía muy bien el gran filósofo Jorge Portilla: “los relajientos”. Estos personajes de la peor estofa, andan por la existencia aquejados por graves problemas sicológicos. Primero de un narcisismo frustrado. Utilizan todo tipo de ruido para llamar la atención, en general las trompetillas son como su himno de guerra. En lugares donde existen problemas para escucharlos como la Cámara de Diputados, recurren a gestos, manotazos y poco les falta para lanzar avioncitos.

El relajiento tiene una obsesión, romper la seriedad, pues no está de acuerdo con los valores que se le proponen, pero como las neuronas no le alcanzan para mucho, su negación la hace en términos exclusivos de desorden y vacile. Degrada al que habla con gravedad y pretende provocar la risa de los testigos, en un intento para que se solidaricen con su causa. Era de pena ajena observar a los legisladores, subiendo y bajando a tropel por las escaleras del recinto legislativo, muertos de la risa. Parecían niños que de pronto se hubieran revelado en una correccional.

Sin darse cuenta, en general están poco conscientes de las cosas, le daban la razón al Presidente: en México existe libertad. El relajiento sólo puede actuar en un ambiente libre. Creo que la mayoría de los que veíamos el Informe, lamentábamos el esfuerzo que hicieron gente como Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas y otros más que ofrendaron su sangre y su vida, a favor de la división de poderes y la libertad, para que fuera aprovechada de esa pobre manera.

El PRD debe sancionarlos en forma ejemplar.

PUBLICADO EL 09 DE SEPTIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR

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