Las causas, crisis de las campañas
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Se supone que las elecciones son un espacio privilegiado de la democracia, donde la ciudadanía se contagia con el entusiasmo de partidos y candidatos para recuperar la esperanza en la política y la capacidad de sus candidatos. ¡Nada! En cualquier reunión hablar de por quién se va a votar, es obligar a que el interrogado ponga la cara de preocupación y angustia de un notario público que ha olvidado su portafolios en una cantina de mala muerte. Estos días previos a una elección fundamental para el futuro de México, que deberían ser para nuestra evolución política, luminosos, intensos, interesantes son al contrario, días obscuros, densos, sofocantes. Días sin nada para la historia; días sin huella. |
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¿Es culpa sólo de los candidatos presidenciales? ¿Es un zurcido vacío y aburrido que se viene gestando desde tiempo atrás? Intentemos dar una respuesta. La gran matriz de nuestra actividad electoral son los partidos políticos, a tal punto de que nadie puede participar en las elecciones si no es patrocinado por estas entidades públicas. Los candidatos, por más independientes y originales que sean, no dejan de ser hijos de sus partidos y compartir su cultura política, herencia y reputación. Esta elección presidencial es una batalla por la conquista por la confianza ciudadana, los candidatos la tienen por ellos mismos, pero también por la que irradian sus partidos. Hoy en día viven una crisis de credibilidad por un sinnúmero de razones. Los partidos han dejado de ser organizaciones de ciudadanos en torno a una serie de ideas y proyectos. El actual cemento de la organización son los intereses cupulares. De lo que se trata es de ganar elecciones sin importar ideologías ni personalidades. El pragmatismo los ha convertido en partidos “cachatodo”. En sintonía con sus organizaciones los candidatos se han convertido en “Zelig”, ese personaje de la película de Woody Allen, que vivía obsesionado por ser querido, su camino fácil era transformarse en su interlocutor. Si platicaba con un rabino mimetizarse en rabino, con un apache en apache. Esto implica que la ideología sea tirada sin recato al basurero. Los perfiles de izquierda y derecha se han difuminado; los partidos y candidatos en su propaganda, más que tener la intención de convencer con ideas, tratan de seducir con el tipo de “jingle” o la calidad de las imágenes del spot. No se difunden posiciones políticas sino poses mercadotécnicas. Pero los partidos no solamente han abandonado su ideología, también han dejado de ser grandes gestores sociales. Las campañas no solamente sirven para presentar una agenda electoral, sino para enarbolar causas en el aquí y en el ahora, pero que se han venido trabajando con tiempo por militantes y organización. Es así como se crea la representatividad. El alejamiento de las dirigencias con sus bases hace cada día más desairada esta función. Cuando llegan los candidatos y se quieren sumar a las demandas ni quien les crea. El escepticismo generalizado a las campañas tiene otra razón. La gente ha perdido la esperanza de que la política sirva para cambiar las cosas. Los votantes no andan mal en su apreciación, la globalización ha propiciado que las grandes definiciones macroeconómicas no las hagan los partidos ni los candidatos, sino los grandes centros financieros. En las campañas no se aborda este tipo de problemas de las relaciones internacionales, paradójicamente, ya de gobernantes, serán estas relaciones las que determinarán la viabilidad de los programas. La crisis de las campañas es la crisis de la política y los partidos. Publicado en Excélsior el 16 de marzo de 2006 |
