La política. Los que tienen el oficio
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El destacado académico Jorge Castañeda, al presentar su renuncia al cargo de Secretario, reconoció que no era “político”. En mi colaboración pasada describí la reflexión que supuestamente le hizo el ex Canciller cuando el Presidente le ofreció el cargo, de la misma forma que imaginé lo que le confesaron los altos funcionarios que tienen orígenes empresariales. |
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Un amigo panista me escribe y, además de acusarme de todo, prácticamente de que yo tengo guardadas en el closet las armas bioquímicas de Husseim, me recrimina que no haya escrito sobre lo que le habrían podido decir los políticos de oficio que forman parte del gabinete de Fox. Ante mi omisión me pide que lo haga. Con gusto. Un político profesional vive de la política y para la política, no sólo saca el pan nuestro de cada día, o de preferencia del sexenio, de la función pública, sino que su lucha por el poder es por el poder mismo, como escribe Maquiavelo, es el alimento que se le debe y para el cual ha nacido. El político profesional no diría nada, a diferencia del empresario y del intelectual, que alertara al Ejecutivo sobre sus posible deficiencias. Supongamos que le viene un acceso de sinceridad incontenible, creo que esto le diría. “Señor Presidente. (Nada de Vicente o cualquier palabra familiar, lo primero que sabe un político profesional es de jerarquías y disciplina). Muchas gracias por la extraordinaria oportunidad de trabajar con un hombre que no será un Presidente sino un estadista. Me subraya Usted que me identifique con el proyecto que tiene, por supuesto que estoy desde hace tiempo identificado, pero quiero decirle, aunque tal vez lo moleste, que sobre todo estoy identificado con su persona, en suma, que cuente incondicionalmente con mi lealtad, como en un matrimonio, en las buenas y en las malas, en lo legal y en lo ilegal”. “Disculpe, si abuso de su tiempo, quiero recordar un refrán popular, que Usted me ha enseñado a apreciar tanto. El pueblo dice que cuando el enfermo se cura fue la Virgen y si se muere fue el doctor. Mis aciertos no serán míos, sino suyos; mis errores serán míos y, en el que caso remoto de que Usted cometa, no digamos un error, sino simplemente una incomprensión, esa será mía también. Procuraré que nunca le lleguen problemas de mi dependencia, soy un especialista en la negociación. Si le llegan los conflictos, será después de que haya probado todo tipo soluciones, para que Usted simplemente tome la última decisión, la adecuada. No me cuidaré el perfil”. “He recorrido diversas áreas de la administración, afortunadamente menos ésta. Quiero decirle que como político que soy, “el que no sabe, pues coordina”. Desígneme a quien Usted decida como sub secretario, oficial mayor o jefe de asesores. No lo tomaré como cuña a quien debo de vigilar sino como un valioso colaborador al cual, con ese gran sentido de previsión que lo distingue, Usted prepara para sustituirme si así lo desea. Bíblicamente, lo que hoy Usted me da, mañana Usted me lo podrá quitar y siempre diré que la Patria lo bendiga”. “Estaré bien informado de su discurso, mismo que repetiré a la menor provocación, ya no digamos en actos oficiales como inauguraciones o recepción de visitantes extranjeros, sino también en bodas, confirmaciones y despedidas de solteros. Mi discreción será absoluta, nada de filtraciones a la prensa. Los cambios que haré a las leyes de mi dependencia, serán lo suficientemente flexibles como para que Usted siempre tenga la última palabra”. Realmente no sé si todavía exista este político de oficio. A veces se les extraña. PUBLICADO EL 23 DE ENERO DE 2003 | EXCÉLSIOR |
