La política, gran barata
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La opinión pública no ha esperado enero para considerar que la política está en gran rebaja. De seguir insistiendo la clase política en asestarnos la idea de que lo más importante para los mexicanos es la elección de su candidato presidencial, pronto los políticos parecerán más inútiles que un árbol de Navidad en febrero. La fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), abuelito del PRI, tuvo entre sus principales razones de existencia precisamente la de controlar las sucesiones adelantadas y blindar al país y a la sociedad de todas las monsergas que provoca. |
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El mayor daño de la sucesión adelantada es la brecha que se abre entre los intereses de los ciudadanos y la gente de poder. El reflejo más claro es que todas las encuestas, hasta una de las más serias y profesionales organizada por la Secretaría de Gobernación, indican un amplio consenso; desencanto de la gente por la democracia. Que no es otra cosa sino la clara sensación de que la política, sus oficiantes y la participación ciudadana no son satisfactorios. En esta época en la que todo es “interactivo”, lo que menos invita a la actividad ciudadana es la política. La lucha sucesoria lo contamina todo. Los funcionarios están con un ojo en sus oficinas y otro en sus recorridos. Los precandidatos afirman que trabajan en sus responsabilidades oficiales de lunes a viernes y, diría Ferrusquilla, el tiempo que les queda libre, el sábado y el domingo, lo dedican a su promoción política personal. Como si trabajar en todo esto no exigiera durante toda la semana de su atención. El despilfarro de energías humanas y económicas para el país es terrible e incontrolable. Toda la actividad pública está bajo la sombra de los precandidatos, los legisladores no se aglutinan alrededor de determinadas iniciativas porque las consideren razonables, ni de los proyectos por sus bondades sociales, todo depende de cuál político los promueva. La política se deteriora y se personaliza, se convierte en una batalla de facciones, vinculadas a “jefes de campaña”. Es el retroceso del oficio político al siglo pasado, como actividad patriarcal y patrimonial. Los partidos políticos se debilitan, pues su actividad institucional se empobrece, convertidos en palenques de la lucha sucesoria, todo genera suspicacia y, por lo tanto, inmovilidad. Los interlocutores convencionales son substituidos por personalidades informales de poder, que de pronto irrumpen las organizaciones especulando con apoyos reales o ficticios. La actividad partidaria se reduce a reclutar simpatizantes y a organizar discretos teletones preelectorales. El dinero es el mandón desde antes del período oficial de las elecciones y, de seguir así las cosas, pronto los partidos tendrán que buscar sus precandidatos presidenciales en la lista de Forbes. El encono y la polarización son inevitables, con la agravante que es una lucha campal de todos contra todos; los precandidatos hacen marcaje personal a los adversarios sin distinción de partido, propio o ajeno. Si el precandidato es algún funcionario, es un blanco más apetecible y resulta imposible precisar si es fuego amigo o enemigo. En la hoguera de ambiciones, la guerra sucia ofrece un espectáculo lamentable que repercute en la imagen de la democracia. Es necesario poner fin con tal cantidad de activismo político al margen de las instituciones. De seguir así, pronto la incertidumbre alcanzará a los mercados económicos nacionales e internacionales. Lo único que puede frenar esta estampida de precandidatos sería que los legisladores aprobaran una nueva ley electoral. Publicado en Excélsior el 13 de enero de 2005 |
