La parálisis: ¿Ya no hay nada que hacer?
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El país pareciera vivir esas tardes de las películas del viejo Oeste. El sol pega de lleno en el pueblo, el calor abraza todas las cosas y las calles están vacías. Bajo una sombra, sobreviviente de la luminosidad asfixiante, un hombre dormita. Las moscas le revolotean arruinando su sueño pero sin poder despertarlo. La vida pública es una costra, quieta y rígida, sin el dramatismo de la herida ni la esperanza clara de la curación. Este es México, nada parece excitar, salvo adivinar qué pasará en las elecciones del 2006. |
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A pesar de que falta muchísimo tiempo la administración es casi inexistente, sólo aparece cuando algún funcionario comete un desliz verbal. Al gobierno no se le ve más provecho que el de una estación de bomberos, cuya presencia sólo se hará sentir si el país se incendia. Vivimos la maldición bíblica al revés, la política está petrificada, pero no por volver los ojos al pasado, sino porque todos estamos dedicados a atisbar el futuro. La iniciativa privada rutinariamente dicta el epitafio al sexenio y pregona que el Presidente no logrará ninguna reforma estructural. El Ejecutivo parece coincidir con los empresarios al hacer llamados ariscos a los legisladores, que son prueba de su poco ánimo para persuadirlos, pareciera tener más bien la intención de dejar un testimonio: hice todo lo posible, pero con estos opositores nomás no se puede. El país no aguanta mantenerse suspendido en el espacio, la caída es inevitable. Efectivamente, no se pueden considerar los grandes cambios cuando todos los partidos, hasta los mismos panistas, quieren marcar su distancia del gobierno, que vive sus peores momentos ante la opinión pública. No obstante, el Ejecutivo tiene todavía la posibilidad de sacar la reforma electoral, único tema en el que parece estar de acuerdo la clase política. Las precampañas, los montos de los gastos y la propaganda en los medios de comunicación, son cuestiones que les afectan en sus recursos y en su cohesión interna, nada mejor que una ley que los ayude a salir del atolladero. Hay otras razones para impulsar esta ley electoral. Serán las primeras elecciones con un gobierno que no es del PRI, han cambiado las reglas escritas y no escritas; el juego del poder lo estamos reinventando Si la gran preocupación nacional en torno a la cual giran todas nuestras angustias, es la transmisión pacífica del gobierno, tiene que haber un apoyo legislativo, antes que nada, a las instituciones electorales, al IFE y a los tribunales. Estos organismos han sido torpedeados en los últimos meses y los han salpicado de críticas, pues han pisado muchos callos de los partidos. El Presidente está obligado a fortalecerlos con una nueva ley y con sus expresiones de adhesión. El gobierno debe mantener la estabilidad macroeconómica, el ejercicio responsable de las finanzas públicas y el control de la inflación, pero también le debe caer el veinte de que las crisis sexenales no solamente pueden llegar por el flanco económico, que hasta el momento está cubierto satisfactoriamente y es uno de los logros de esta administración. La política tiene mucho que decir: la debilidad de la legitimidad de nuestros gobernantes e instituciones; la radicalización de la competencia política; la ruptura del consenso social y la pérdida de expectativas inmediatas para encauzar la competencia electoral, son también amenazas para una crisis y, aunque se vea muy lejos, hasta para una revolución. Insisto, para el 2006 falta muchísimo tiempo, la actual desvalorización de la política y su correspondiente parálisis, no presagian nada bueno. Publicado en Excélsior el 02 de junio de 2005 |
