Edmundo González Llaca

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La náusea. El pragmatismo político

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La política nacional es como para que los ciudadanos vivamos permanentemente con un tanque de oxígeno, salvarnos de la atmósfera asfixiante de la lucha electoral, cuya insolvencia moral de los participantes es cada día más alarmante. La Profesora Elba Esther Gordillo juega en un circo de tres pistas: el partido de los profesores, que ayudó a formar; el PRI de sus amores y despechos y, entonando “limosnera de amor”, felicita entusiasta a Calderón.

El PAN se olvida de sus orígenes y reconoce las ventajas del corporativismo ¡Claro! En las alianzas con él. El PRI busca a Montiel y lo invita a participar en la campaña, ya no recuerda su demanda para que el ex gobernador aclare su pasión por la tierra, urbana de preferencia. El PRD ya no se escandaliza con los portafolios con pesos ni ahora con la maleta cargada de dólares. Los partidos chicos sin el más mínimo pudor se ofrecen al mejor postor de las candidaturas. Una lucha electoral que produce náusea.

El pragmatismo es una escuela filosófica que nació en Estados Unidos y se caracteriza porque todo lo mide de acuerdo a los resultados. Nada de ideales, de conceptos; no es la verdad el objeto de la acción humana sino la utilidad. La vida no son operaciones racionales ni menos aún creencias. La única realidad es satisfacer la ambición. Un precursor del pragmatismo es Maquiavelo: “Triunfad, triunfad siempre y siempre tendréis razón”.

Nuestra clase política está inoculada por el pragmatismo, chapotea en la ambición individual. No hay más valor que ganar las elecciones, en el camino dejan historia, estatutos, compromisos con su militancia, declaración de principios. Imposible ver más allá de su ombligo en forma de urna. El político pragmático no se conforma con simplificar el mundo y reducirlo a su propósito, sino que todo lo que le rodea, entre otros, por supuesto los ciudadanos, no dejan de ser simples instrumentos; escalones en su ascenso personal.

El pragmatismo es la filosofía del neoliberalismo económico, el capitalista es esclavo del dinero y todo lo subordina con tal de amasarlo. No hay diferencia entre el capitalista con el político pragmático que forma y que tiene como única meta de su existencia: el poder. Estamos rodeados de empresarios que imponen sus intereses particulares al mercado y unos políticos que hacen de los cargos la razón de su existencia.

En su carrera desaforada el pragmático lo primero que hace es frivolizar la realidad, sabe que cuenta con los de su calaña. Mientras haya votos nadie se reserva el derecho de admisión. El dirigente del PAN, Manuel Espino, le da la bienvenida por adelantado a Elba Esther Gordillo y cuando los periodistas le inquieren sobre la polémica profesora, dice: “Todos merecen una oportunidad, para poder reivindicar su imagen pública ante la sociedad, apostándole al bien de todos los mexicanos”. Es lo bueno de las elecciones, los partidos se ofrecen como magnánimos lavaderos de reputaciones.

La estrategia de persuasión de los pragmáticos va de acuerdo a su carencia de escrúpulos y un mimetismo que envidiarían las iguanas. Ante los campesinos serán seguidores de Zapata, frente a los empresarios exaltarán a Clouthier, si están con los jóvenes se confesarán rokeros. La campaña se convertirá en un torneo de promesas, si un candidato les promete agua en toda las casas, el siguiente les asegurará que por una de las llaves saldrá de sabores.

Bien lo dice Manuel Espino, que junto con Carlos Salinas son unos clásicos del pragmatismo: “Andamos en la pepena de los votos”. De nosotros dependerá dejarnos tratar como basura.

Publicado en Excélsior | 24 de Noviembre de 2005 |

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