La moda. Ombligos
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Antes bastaba decir la palabra “ombligo”, para provocar risas y rubores; sólo se podía ver públicamente el ombligo de los Budas en los restoranes chinos o el de las mujeres en las playas. Aún en los lugares turísticos las que lo exhibían de alguna manera decían: “Yo me atrevo”. Ahora la imagen del ombligo se encuentra en el horizonte visual de quien camina en la calle, va a la Universidad o asiste a cualquier lugar público. Ahora simplemente dicen: “Yo también”. |
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No dejo de tener nostalgia por esos tiempos en los que ver el ombligo de una mujer representaba una prerrogativa reservada a una situación íntima, lo más probable que clandestina, resultado de arduas batallas; la aldaba de la castidad estaba casi corrida y el paraíso se anunciaba. Ahora las mujeres lo traen al aire y lo enseñan como un segundo rostro. Mostrar el ombligo está de moda y es tal su banalidad que ya nadie dice para ofender: “se siente el ombligo del mundo”. En el pecado de exhibir cotidianamente esta región, en el pasado tan pudenda, está la penitencia freudiana: “la repetición del estímulo disminuye la respuesta”. Ya ni quien voltee a ver a una mujer para contemplar el ombligo, incluso yo reconozco que para hacer este artículo tuve que someterme a una disciplina de observación. Todos estos arduos trabajos para proporcionarle al amable lector elementos de juicio de la realidad en la que vive y asuma diversas posiciones políticas, desde justificar a Pro Vida por su compulsión en la compra por las tangas, hasta organizar un movimiento de “burcas” árabes para los ombligos. Los cánones estéticos de los ombligos permanecen, el ombligo perfecto, afirmaban los griegos, debe estar exactamente entre los pechos y el sexo. El marco del ombligo es lo que se ha transformado, antes adornaban un vientre redondo, gordito; acogedor en todos sentidos. En la Biblia, Salomón hace referencias de prácticas eróticas en las que se aprovechaba la oquedad: “Tu ombligo, como cáliz redondo, al que nunca le falta licor”. Ahora el ombligo de la mujer está en un abdomen plano, musculoso y, separado del cuerpo, podría ser el de un estibador o de un boxeador de karate. Ni pensar derramarle algún líquido pues se organiza un batidero espantoso. Antes los ombligos normalmente estaban rodeados de vello, que en el lenguaje del cuerpo desataba nuestra imaginación, pues nos remitían a adivinar otros lugares del cuerpo. Después de la guerra a muerte que la moda ha desatado contra el vello, todos los ombligos son lampiños. Ahora procuran distinguirse con todo tipo de argollas metálicas, adornos artificiales que ya no hablan sobre las características físicas de la portadora, sino de su exacerbada vanidad para someterse a semejantes torturas. Las apuestas van subiendo, diluido el atractivo del ombligo, las mujeres se siguen bajando los pantalones, ahora en la parte de adelante llegan a la frontera sagrada del pubis. En la parte de atrás hasta, como diría mi abuelita, donde la espalda pierde su casto nombre. El llamado de atención a los espectadores se hace con más audacia, las posibilidades de ver la curvatura del talle le dan a la figura femenina un nuevo elemento de gracia y movimiento. Ahora sí se puede decir con autoridad el piropo de lo que antes sólo se intuía: “¡Qué curvas! Y yo sin frenos”. Para Platón los seres originales eran andróginos, el ombligo es la cicatriz de esta separación. En la partición moderna el vientre de la mujer ha cambiado, no invoca a la fecundidad ni al regazo y apenas al erotismo. Es el vientre de “lavadero” que presume el gimnasio, la fuerza y la dieta. PUBLICADO EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR |
