Edmundo González Llaca

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La guerra. ¡El asco!

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Por motivos de trabajo tengo que revisar un buen número de periódicos y en la noche ver en la televisión, al menos, tres noticieros. La primera semana de la guerra no la resentí, pues andaba de vacaciones, pero esta última me la he pasado viendo fotografías y videos de los bombazos. Antes de dormir, al hacer un pequeño balance de toda esta información, primero sentía rabia, luego impotencia y horror, ahora es un asco profundo.

No cualquier asco, me provoca tal cantidad de náuseas que varias veces me he tenido que parar de la cama y recurrir a toda esa serie de remedios caseros, como frotarse alcohol en la frente u oler limones, para controlar la urgencia de vomitar.

Al principio mi asco se lo atribuía a tantas imágenes de muertos, de cuerpos ensangrentados, desmembrados, de pieles rasgadas, quemadas, abiertas, órganos internos expuestos. Pero poco a poco me he percatado que mi sensación va más allá de la repugnante visión de los cuerpos destripados y profanados, es contemplar el salvajismo, la barbarie y la locura humana. No dudo que mi asco tenga alguna referencia a los sentidos, pero es más angustiante, absoluto y abrumador. Bush y Husseim son algo más que dos pelos en la sopa. Para comprender lo que me pasaba decidí leer el magnífico libro de William Ian Miller sobre el tema.

El asco, escribe el autor, se estructura en el ámbito de lo opuesto, es lo seco frente lo húmedo; lo fluido frente a viscoso; lo rígido frente a flexible, lo no adherente frente a lo pegajoso; lo inerte frente a serpenteante. Mi asco puede ser el de la vida y la salud, frente a las escenas de muerte y descomposición, pero sobre todo, creo yo, observar lo humano frente a lo estúpido. No puse lo humano frente a lo animal, porque en el aniquilamiento entre los animales, también brutal, depredadores y víctimas no dan ni piden cuartel, el objetivo es simple: sobrevivir. Satisfecha la necesidad nadie mata de más.

La guerra es algo peor que la lucha animal. No es por hambre por lo que se aniquila y el deseo de pasar a degüello todo lo que aparezca es insaciable. Bush y Husseim no son animales de presa ni carroñeros, la escala zoológica tiene su nobleza y no los incluye. No son dignos de aparecer en la serie “Animal planet”, tendrían que incluirse en el género de lo bestial, de lo que además de dejarnos consternados, nos avergüenza de nuestra condición humana.

Este artículo no puede llevar a nada al lector ni quizás llegue a una conclusión o sugerencia, lo reconozco, es una escritura catártica, pero necesito hacerlo para no reventar. Pues es un asco tan envolvente que no tiene nada de benévolo, no tengo ninguna compasión por los miserables que la comandan o la ejecutan en el campo de batalla. Tampoco es odio, “su majestad el odio”, escribiría Ortega y Gasset, es demasiado para ellos.

Mi sensación es de desprecio, de absoluto desprecio. Ni siquiera imaginar una ofensa, ni aventarles una mentada de madre que, como decían en la Revolución, también duelen. Nada de eso. No creo que para ellos pueda haber peor castigo que verse en el espejo o hacer un acto de contrición. Basta que recuerden quienes son y lo que hicieron para encontrar su infierno.

Muchos son los daños que provocará esta guerra a la humanidad. Creo que el mayor será que la repetición de las imágenes cada vez más dolorosas y terribles nos quiten nuestra capacidad de furia, de indignación en contra de esta guerra demente y, lo más grave, que acabe por no importarnos lo que sucede en Irak. No se pudo hacer nada para detener la guerra, algo deberemos hacer para ayudar a este pueblo masacrado.

PUBLICADO EL 10 DE ABRIL DE 2003 | EXCÉLSIOR

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