La corrupción. Sus causas VII
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La más célebre aportación de Aristóteles a la filosofía es su teoría del justo medio. La verdad, la virtud, la perfección y hasta la felicidad se encuentran igualmente distantes de los extremos. Es todo un arte llegar a ese punto justo en el que no hay nada que añadir o quitar; actuar sabiamente es actuar alejado del exceso o del defecto. Tiene razón Aristóteles y una de las pruebas es precisamente la corrupción. |
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Su ambiente propicio es el exceso de poder o la ausencia de poder. Donde hay impotencia de los ciudadanos o donde no hay facultades para que nadie controle a nadie. Políticamente la corrupción floreció en el monopolio del poder con sus diversos rostros: el presidencialismo, el partido hegemónico y el corporativismo, que provocaban la ausencia de una auténtica división de poderes y la impotencia de la sociedad. Pero, desde el punto de vista económico, ¿cuáles son las causas de la corrupción en México? En una primera fase, el exceso, una naturaleza generosa que había provisto al país de un sinnúmero de bendiciones que hacían pensar que nunca se acabarían. Una gran cantidad de mexicanos vivía de la explotación de estos recursos, que eran tan pródigos que la racionalización impuesta por algunos preceptos legales no era tomada en cuenta. El famoso cuerno de la abundancia se fue agotando y, acabados los chorros de riqueza, nos fue quedando el puro cuerno. Nos fuimos sobre el agua, con especial saña secamos nuestros ríos o los contaminamos; talamos nuestros bosques; aniquilamos nuestra biodiversidad o dejamos que vinieran de fuera para que la sustrajeran; mostramos un apetito voraz con nuestros productos pesqueros. El Estado mexicano intervino para reglamentar la riqueza pero sin dar salidas a los pobres que vivían de eso. Recuerdo que hace unos diez años era en Querétaro delegado de la entonces Sedue, invité a los ecologistas y a los dedicados al negocio de la venta de pájaros para explicarles las nuevas normas sobre la captura y venta de estas especies. Después de mi intervención los primeros que pidieron la palabra fueron los ecologistas, algunos hicieron mención a la importancia de las aves en los ciclos de la naturaleza y otros a la belleza de sus plumajes o la armonía de sus trinos. Al terminar sus intervenciones, una pajarera que sostenía un niño en los brazos, mientras otros dos le jalaban la falda, pidió la palabra. Dijo más o menos así: “De lo que entendí es que ni yo ni mis hijos vamos a comer, porque a estos señores y señoras, vestidos todos raros (vestían ropa de manta, tipo indígena), les gustan mucho los pajaritos; que tampoco ni yo ni mis hijos vamos a comer, por una cosa que usted dice se llama “veda”. Pues desde ahorita le digo a usted y a los que están aquí, nadie nos va a quitar nuestro derecho a comer. Los pajareros vamos seguir cogiendo pájaros y vendiéndolos. Si por eso nos van a meter a la cárcel, de una vez llame a la policía”. Sus palabras provocaron de los pajareros una adhesión tan entusiasta como agresiva. Concluí la sesión apresuradamente antes de que fuéramos linchados los ecologistas y yo. Reconozco que nunca apliqué las normas aprobadas en el centro, tan positivas pero tan alejadas de la realidad. Realicé otras acciones que no valen la pena detallar, pues no se trata de describir aquí las aventuras del “Matrix queretano recargado”. La causa de la corrupción está en el otro extremo, en la escasez de nuestra naturaleza. Las presiones de los pobres continúan, las autoridades, en el mejor de los casos, se hacen de la vista gorda; en el peor, sacan raja de la necesidad. PUBLICADO EL 12 DE JUNIO DE 2003 | EXCÉLSIOR |
