Edmundo González Llaca

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La corrupción. Sus causas IV

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La corrupción ha sido una constante en nuestra historia, ha estado pegada a nuestras instituciones como su sombra. Su generalización ha tenido como causa principal no sólo la aceptación sino hasta la admiración popular a todos los funcionarios que se enriquecieron en forma ilícita. Este “folklore de la corrupción” se reflejaba en frases como: “Ya le hizo justicia la Revolución”; “Amistad que no se demuestra en la nómina, es demagogia”.

Ante esta mirada complaciente de la ciudadanía que parecían festejar sus pillerías, la corrupción no le provocaba ningún tipo de culpas a los funcionarios. Ellos también enriquecían el lenguaje con frases como: “Político pobre, pobre político…”; “Quien no transa no avanza”; “A mí no me den, sólo pónganme dónde haya”. Quien después de ocupar varios cargos importantes y no se enriquecía, no era objeto de respeto sino de desprecio y hasta motivo de sospecha de que se trataba de un posible retraso mental.

Durante mucho años México estuvo en medio de una tenaza mortal, unos ciudadanos que reconocía la corrupción como algo natural, que le provocaba un respeto lúgubre, y una burocracia que veía en el servicio público un océano de posibilidades y en cada trámite el prodigio de comprobarlo. La corrupción se sentía generalizada, omnipotente, apabullante, invencible; parte de nuestras instituciones y costumbres. Como decía Bettino Craxi, político italiano, pero que hubiera firmado cualquier funcionario mexicano todavía hace algunos años: “El sistema era así. Todos hemos pecado”.

Pero toda esa cantidad de declaraciones, de programas, de promesas, de los gobiernos revolucionarios en contra de la corrupción, ¿no sirvieron de nada? Sí, lamentablemente, sí, en la medida en que sus efectos eran inútiles y que después se sabía que los promotores de las campañas realizaban las ilegalidades que supuestamente perseguían, todo eso sirvió para que los pocos ciudadanos que no estaban de acuerdo en la corrupción acabaran por desilusionarse y resignarse. El hecho de ser víctima de la corrupción era lamentable, más después de todo se braceaba en un pantano de trampas, pero todavía denunciarlas era tanto como reconocer que se era estúpido o ingenuo. A la humillación de la corrupción no quería agregarse la pérdida de la autoestima.

Todo esto generó otra gran causa de la corrupción en México, la ausencia de una cultura de denuncia. Eso de recurrir al poder para sancionar al poder sigue representando para los ciudadanos algo verdaderamente incomprensible y hasta ilusorio. Si cuando se sufre un asalto el afectado se niega ir ante las autoridades, y eso de que se trata de que un servidor público aprenda un ratero, en el caso de que un funcionario investigue a otro funcionario, se observa como un imposible. El funcionario corrupto cuenta con este desaliento para mantenerse en la impunidad.

El escepticismo del usuario no es gratuito. En términos generales, las oficinas de denuncia de las instituciones no cuentan con un personal que facilite el trámite, el burócrata, con una gran conciencia de clase, de principio se pone jetón y acto seguido coloca al denunciante en calidad de sospechoso. Pronto el quejoso se encuentra en una atmósfera hostil, inmerso en una maraña tal de procedimientos y de pérdida de tiempo que opta por salir huyendo, antes de que sea él quien esté sentado en el banquillo de los acusados.

El Banco Mundial ya ha planteado que la corrupción sólo se puede controlar únicamente cuando los ciudadanos dejan de tolerarla. La corrupción ya no es, ya no puede ser, un rasgo normal y rutinario de la burocracia.

PUBLICADO EL 22 DE MAYO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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