Edmundo González Llaca

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La corrupción. Sus causas II

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El capitalismo nace, escribía el insuperable Marx, cuando se despierta en el hombre la avidez. Mal momento para el género humano, se pierden los límites de la simple satisfacción. El deseo de dinero ahoga implacable los otros anhelos, obviamente el de la salvación del alma que impulsaba la religión, hasta el más mundano de la realización personal por medio del trabajo.

Cristóbal Colón es representativo de ese nuevo espíritu que sepultaba la actitud mística de la Edad Media.

Decía eufórico a los monarcas, después de llegar de los territorios recién descubiertos: “Su Majestad, encontré oro. ¡El magnífico oro! Con el que se compran reinos, almas y trozos de cielo”.

Este capitalismo se ha profundizado al paso del tiempo. Los valores imperantes son un individualismo materialista, egoísta y consumidor que ha traído aparejado una crisis del humanismo e indiferencia a lo social. El nuevo capitalismo liberal es una especie de naufragio en el que el grito es sálvese quien pueda; en la acción el tener es la consigna. De la prioridad suprema de los intereses de la comunidad, mejor ni hablamos.

Para bailar y corromperse se necesitan dos. La corrupción proviene de la palabra latina co-rupto, romper algo entre dos, destruir junto con otro. El ciudadano y el burócrata se encuentran inmersos en este mundo de omnipotencia del dinero, de la posibilidad de mercadear de todo; de tener cómplices más que prójimos; de ausencia de compromiso con el destino colectivo. En el modo de producción y en las relaciones sociales que genera el sistema, podríamos decir que todo está casi inventado ex profeso para auspiciar la corrupción de sus miembros.

No obstante, hay un hecho también evidente, existen muchos países capitalistas que tienen niveles de honestidad ejemplares, donde la corrupción es algo realmente excepcional y no lo cotidiano. Esto significa que las estructuras económicas no son una condición fatal para el uso ilegítimo del poder público en beneficio privado. ¿Cuál será entonces otra causa de la corrupción?

Una de ellas es la cultural, concretamente la historia. Si la vida, como escribe Shakespeare, son antecedentes, los nuestros son abrumadoramente penales. No tenemos un personaje sino toda una galería de próceres que no se robaban solos porque andaban sin cartera. Empezamos por Hernán Cortés, quien, independientemente de sus méritos históricos, era una especie de microempresario que comandaba algo así como un cártel de aventureros ambiciosos a los que, para acabarla de amolar, a la mayoría no les pagaba. El salario era simplemente el botín ganado. Así empezamos.

En nuestra guerra de independencia, Aldama y Allende tenían graves dificultades con Hidalgo, pues el valiente y talentoso cura no sólo permitía que la plebe se dedicara al saqueo, sino que incluso parecía propiciarlo. En Celaya apareció en uno de los balcones de un mesón, desde donde arrojó miles de monedas a la muchedumbre, al tiempo que les decía: “Tengan, hijos ¡Todo esto es suyo!”. Desde entonces, como en casi todos los movimientos revolucionarios, el pillaje se asoció a una forma de hacerse justicia.

Ya independientes, con Santa Anna, que no olvidemos que estuvo cerca de treinta años gobernando al país, la corrupción adquirió dimensiones de delirio. Borracho, jugador y enamorado fue el primer Presidente que inauguró el estilo de manejar la hacienda pública como si fuera su caja chica. Como resume Enrique González Pedrero, en su magnífica biografía, Santa Anna hizo, de la cosa pública, la “cosa nostra”. Bueno, luego le seguimos, que esto promete ponerse mejor.

PUBLICADO EL 08 DE MAYO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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