La corrupción. Sus causas I
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Un informe hecho en el año 2000 sobre la corrupción en Chile, firmado por Javier Ardouin y Claudio Bustos, sugería algo que será familiar para el lector: “Los pasos hacia el éxito en el control eficiente de la corrupción, tendrían como primer paso la captura de un pez gordo”. |
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Francisco Barrio, que no tenía, como él mismo confesaba con envidiable sinceridad, mucha idea sobre su responsabilidad en la Contraloría, pretendió impulsar la batalla en contra de la corrupción con manual, con tal celo y puntualidad que utilizó hasta las mismas palabras recomendadas, los famosos peces gordos. Obviamente se le hizo bolas el engrudo y la madre de todas las batallas quedó en una escaramuza con altos costos para el gobierno. El nuevo titular de la Secodam es Eduardo Romero Ramos, que si bien tampoco tiene grandes lauros en el tema, parece un profesional serio y prudente. Sus primeras declaraciones son estimulantes, se olvida de la pesca que provocó la frustración nacional y manifiesta que su prioridad será la prevención de la corrupción. De la misma forma que lo hice cuando empezó Barrio, creo que es necesario colaborar con esta tarea, misma que sigo pensando es la gran asignatura pendiente del México moderno. En esta ocasión analizaremos las causas de la corrupción, espero que sea una serie que tenga menos capítulos que la telenovela Mirada de Mujer. Vayamos al tema. La maldad es consustancial a la pasta humana y el abuso es consustancial al poder. Estos son los dos elementos fundacionales, las dos grandes causas de la corrupción. La fórmula es letal para legalidad y el imperio de los intereses públicos: una alma imperfecta y una vocación de imponer la voluntad más allá de los límites otorgados por la responsabilidad. No es de extrañarse que, históricamente el origen de la corrupción vaya de la mano con el nacimiento de las sociedades organizadas. Se le asocia con la balanza que viene a simbolizar la idea del juicio objetivo. Bastó que existiera la primera ley y el primer juez para que apareciera el primer sobornador. Adán desobedeció la norma y le dio la primera mordida a la manzana, las siguientes mordidas ya tendrían otra connotación. Por ello, quien dice que acabará con la corrupción es tan falso como quien afirme que cambiará el sentido de la rotación de la Tierra. Con la corrupción lo más que puede pretenderse es controlarse, disminuirse, atenuarse, nunca desaparecerla. El Estado y la sociedad deben de mantener la guardia siempre en alto, ante un vicio que está en la naturaleza de sus miembros y en el ejercicio mismo de toda función pública. Estos elementos consustanciales del ser humano y del poder requieren de una circunstancia para desarrollarse en todo su oscuro esplendor. Exigen de toda una estructura cultural, económica, política y legal. La corrupción es el síntoma, la llaga purulenta de una enfermedad que invade el sistema de convivencia. No es un hecho aislado, no brota como una palomita de maíz, requiere de todo un sistema que la auspicie. Su mayor cómplice, el sistema económico y de producción. El capitalismo que vivimos requiere de estructuras materiales en permanente expansión, lo que a su vez exige de una sociedad insaciable de consumo. La ambición, la avaricia, el acaparamiento son los valores más impulsados. El ser humano es hoy un ser complejo lleno de necesidades ilusorias y de preocupaciones por comprar. Es difícil la posibilidad de crear santos en una sociedad que exalte los sentidos, pues es mayor reto formar ciudadanos y funcionarios honestos si el eje de la vida es ganar más y más dinero. PUBLICADO EL 24 DE ABRIL DE 2003 | EXCÉLSIOR |
