Edmundo González Llaca

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La corrupción. Soluciones I

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Me hablan varios lectores y me dicen que, después de haber leído la serie de las causas de la corrupción en México han caído en una profunda depresión. Lo que menos sugieren es que en todas las maternidades y puntos fronterizos de la república se ponga el letrero que según Dante está en el dintel de la puerta del infierno: “Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”.

Antes de tomar decisiones más radicales, como irse del país o a comprar pistolas o “cutters”, me solicitan que no abandone el tema de la corrupción, que al menos aborde algunas de sus soluciones. Con gusto, todo sea por su supervivencia.

Partamos de una distinción. La corrupción es la acción u omisión de un funcionario público que usa y abusa de su poder público para favorecer a intereses particulares, los suyos y/o los correspondientes a los usuarios, a cambio de una recompensa, o de su promesa, dañando así el interés público. Lo corrupto, en masculino, está asociado a la estructura del poder y de sus componentes; es lo trascendente que provoca los diversos actos de la corrupción. Las soluciones que propondremos no están referidas a los casos particulares, que cada uno tendrá sus respectivas respuestas, sino a las esencias que lo producen.

En la naturaleza del ser humano está la libertad, la capacidad de optar; su condición se encuentra en un permanente movimiento que lo obliga a actuar bien o mal. No hay destino inmutable a la bondad o a la maldad. Esta incertidumbre del comportamiento nos obliga a prever la posibilidad de la trasgresión a las leyes. Dada la turbia pasta con la que estamos hechos, es imposible bajar la guardia en la vigilancia y control de las acciones de los ciudadanos.

A la formación de la personalidad colabora en forma importante el sistema económico y social. Nuestras estructuras materiales de producción, que exigen un permanente crecimiento y expansión, forman a seres humanos inclinados al consumo, a la ambición, a la avaricia, al acaparamiento. Toda esta civilización del bienestar conspira en contra de la austeridad y el cumplimiento del deber ciudadano y público. Ante un concepto de felicidad de tener más y más, corresponde un grupo de seres humanos listos a cumplir sus deseos a toda costa, obviamente a costa de la honestidad.

“El poder corrompe, el poder absoluto, corrompe absolutamente”, es la conocida frase de Lord Acton. Al citarla pareciera que nos referimos exclusivamente al poder político, el problema es que no es así, desde nuestra condición biológica el apetito de dominación nos pertenece, es algo endémico y difícil de renunciar a él. La vida, escribe Nietzsche, quiere más vida, nada más claro que sentirla a expensas de los que competimos. El ser humano, al tratar de organizar sus relaciones más por poder que por amor, opta por desarrollar su capacidad de abuso.

Cuando ese poder trasciende la esfera íntima y se proyecta en la administración de los asuntos de la comunidad, se acrecientan las posibilidades de su patología. Si en las relaciones personales, a más poder, menos amor, en las políticas, a más poder despótico, más odio popular. En la vida pública el abuso sobre los ciudadanos no tarda en alcanzar a la integridad moral del que manda. Es una espiral de envilecimiento recíproco que lleva a la destrucción del sistema político.

En estos aspectos de lo corrupto poco se puede hacer, aunque hay que caminar en ese sentido. Simplemente, reconozcamos una cosa: a la corrupción nunca la acabaremos, pues la corrupción es tan inherente al ser humano como su sombra y a las instituciones como la gente que las compone.

PUBLICADO EL 24 DE JULIO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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