Edmundo González Llaca

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La corrupción. La estrategia del espectáculo

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Para ningún político es desconocido que la lucha por el poder tiene como arma principal a los medios de comunicación, concretamente a la televisión. Este medio que utiliza la imagen como pieza central de su código, ha propiciado que la actividad política se le vincule con el espectáculo.

De lo que se trata es que toda causa se transmita en términos de imagen y, obviamente, de diversión y manejo de emociones. En la medida que los ojos son los órganos con más autoridad del cuerpo, presentar las cosas de bulto es hoy lo más convincente.

La lucha contra la corrupción no escapa a esta nueva estrategia, al contrario parece encontrar en ella su territorio ideal. Los componentes de su fórmula garantizan el éxito: hay imágenes, clandestinidad en las tomas, en consecuencia, posibilidades de tener contacto con una realidad cruda que ya se había imaginado, dado el descrédito de los políticos y la política, pero que no se había tenido la oportunidad de comprobar; hay actores afiebrados por la ambición o la traición; dinero, mucho dinero, contante y sonante. Las imágenes están pletóricas personas conocidas, elementos simbólicos y emociones que facilitan la toma de posición política y la sacudida interna de la indignación.

El espectáculo va unido al escándalo como la miel a las abejas. En esta ocasión detengámonos a analizar al escándalo y su vinculación con un hecho corrupto. No califico si es buena o mala la posible utilización de esta estrategia, eso es inútil, simplemente la describo y señalo los riesgos. En virtud de que ese espectáculo lo hemos vivido recientemente, es inevitable hacer referencias a lo sucedido. Tampoco prejuzgo sobre la inocencia o culpabilidad de los protagonistas, sólo transcribo sus reacciones.

1. Cuando un hecho se eleva a la altura de espectáculo político, todo adquiere una carga política desmesurada. Un gesto, una palabra, una imagen, además de generar juicios inmediatos, liberan creencias y prejuicios arraigados y soterrados en la opinión. Cualquier cosa es pretexto para encender la chispa de la polaridad.

2. Si el espectáculo perjudica a una pequeña proporción de la población, la estrategia es presentar la cuestión como un problema cuya solución y amenaza concierne a todos. Para los acusadores no es el problema de una playa o de una elección, son nuestros impuestos, son las elecciones. Para los acusados el ataque no es contra ellos, sino a las causas sociales que dicen representar.

3. Cuando surge un espectáculo político que llama la atención de la opinión pública, el hecho se analiza en su pasado, presente y futuro. Se pueden recordar otros hechos corruptos o sospechosos para hacer más contundente la acusación, o al contrario, los acusados pueden hacer referencias sobre la honestidad de sus antecedentes para restaurar la confianza.

4. En un espectáculo político la imaginación de las grandes masas es excitada y con una supuesta objetividad se procura introducir significado en un mundo político confuso. Por ejemplo, los acusadores invitan a imaginar si esa es la cantidad que recibieron los corruptos ¿cuánto serían las ganancias previas? ¿Cuántos extorsionados habrá que no pueden sacar videos? Los acusados aluden al poderío perverso de los enemigos, su inescrupulosidad.

5. En un espectáculo político, como en la guerra, la primera baja es la verdad. La ciudadanía muestra un interés más ávido por las imágenes, símbolos y desplantes, que por el análisis. El espectáculo no se nutre de reflexiones complejas. Es la hora de sucumbir a la tentación del rating o el tiraje.

Luego le seguimos.

PUBLICADO EL 01 DE ABRIL DEL 2004 | EXCELSIOR

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11 Dic 09 | Política

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