Edmundo González Llaca

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La corrupción. El primer remedio

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A Luis Donaldo Colosio in memoriam

“Tengo la voluntad política para acabar con la corrupción, pero explícame, sin rollo ¿qué debo de hacer?”. Me habla por teléfono un eufórico amigo ubicado en una posición de mando administrativo. Le respondo: “En una ocasión se amotinaron los soldados de Alejandro Magno, le reclamaban que ellos arriesgaban la vida, pues estaban en las primeras filas de la batalla y no recibían el botín correspondiente”.

“Sin rollo” -me interrumpe- “¿Qué debo hacer contra la corrupción?”. “A eso voy”. Le respondo. “Alejandro, con su espada, atravesó el pecho al líder de los amotinados. Se subió a un tapanco y gritó: “Enséñenme sus cicatrices y yo le enseño las mías”. Acto seguido se descubrió el torso con las huellas de las batallas. Los soldados lo aclamaron”. Pregunta ladinamente mi amigo: “¿Lo primero que debo hacer es matar a los corruptos?”. “No” Le respondo. “Más fácil. Poner el ejemplo”.

La mayor prueba de que se tiene la voluntad política para resolver la corrupción es que los subordinados y ciudadanos observen en la realidad concreta, que se participa con ellos en hacer las cosas como marca la ley. Como señala el refrán popular: “la palabra llama, el ejemplo arrastra”. La autoridad del ejemplo no necesita discurso de prueba, es la prueba misma, es la experiencia vital; el arquetipo, el modelo en vivo y a todo color.

Eloísa Palafox, una estudiosa del “exemplum”, afirma que el ejemplo supera a la palabra en dos aspectos: 1) Su teatralidad. La aparición gráfica, de bulto diríamos, como el caso que dimos de Alejandro Magno, en el que casi se puede palpar la prueba del adoctrinamiento. Su pedagogía suscita la identificación inmediata por parte de los testigos; se salta el difícil paso de la argumentación. 2) La autoconciencia. El ejemplo rompe la línea divisoria entre el deber ser y el ser, los une en la realidad. Esto es tan contundente e impactante, que todo testigo es impulsado a examinarse a sí mismo en esa circunstancia. Percibe tan intensamente la admiración y respeto que le provoca la conducta ejemplar, que imagina que él recibiría todo eso, si repite la acción. Sin necesidad de moralismos o didactismos goza los efectos benéficos de la conducta ideal. En ese momento el sacrificio no sólo es aceptable sino deseable.

En el caso de la corrupción el funcionario o el representante popular deben dar el ejemplo al cumplir no sólo la letra sino el espíritu de todos los ordenamientos jurídicos vinculados con la presentación de su declaración patrimonial y la manifestación de sus intereses económicos privados, profesionales y personales. Dan el ejemplo al acatar todos los ordenamientos que colaboran a evitar la corrupción, como la trasparencia, el acceso a la información y la rendición de cuentas. Otorgan las facilidades correspondientes para formar los órganos de control y vigilancia, neutrales y autónomos.

Cualquier político da el ejemplo al aplicar la ley en su generalidad y universalidad, con quien es más difícil de aplicar, con los ricos, con los influyentes, con los compañeros de partido político, con familiares, amigos y todos aquellos con los que pudiera existir alguna sospecha de conflicto de intereses, temor o complicidad.

Dan el ejemplo cuando, dentro del área de responsabilidad, prestan toda la colaboración a las dependencias encargadas para fincar responsabilidades ante cualquier acto de corrupción o simplemente de sospecha. Incluso promueven órganos independientes y externos de investigación.

Mi amigo me interrumpe: “¡Qué interesante todo esto que me dices! Seguimos en contacto”. Me cuelga.

PUBLICADO EL 25 DE MARZO DEL 2004 | EXCELSIOR

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