La corrupción. Del espectáculo al escándalo
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En el artículo pasado analizábamos que los casos de corrupción son temas que tienen vetas muy aprovechables para ser utilizadas por los políticos como una forma de espectáculo, pues además de provocar una gran diversión a las masas son ampliamente persuasivos para provocar el descrédito de los adversarios. La aportación de la tecnología le ha dado a la corrupción un impulso que beneficia mucho a los medios de comunicación, principalmente a la televisión. |
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No nos interesa, evaluar sobre los valores éticos que implica esta forma de acción política, simplemente es un hecho ya integrado en la lucha por el poder y lo importante es desmenuzar su forma de operación para sacar el mejor provecho a favor de la honestidad pública. El espectáculo no se presta para proyectar las abstracciones y los matices de las situaciones políticas, requiere sobre todo de personajes de carne y hueso. La transmisión de un problema tan complejo como es el de la corrupción parte de imágenes muy simples y contundentes de la violación de la ley, pero inmediatamente lejos de profundizar sobre los intereses públicos o los valores comunitarios afectados, como toda novela que se respete, la atención se concentra en los sentimientos, simpatía y gratificaciones psicológicas que despierten los actores en la audiencia. En el espectáculo político los medios de comunicación aprovechan este contexto “humano” a costa del análisis objetivo. La información se contamina por la construcción de una trama en la que hay los buenos y los malos, los ingenuos y los perversos. Los medios ejercen la función del coro griego, interpretan de acuerdo a sus propios intereses las conductas, más por el carisma y simpatía que provocan los personajes en la opinión pública, que por su apego o transgresión a la ley. Con la varita de virtud de la imagen elevan o hunden a los participantes. En una primera fase serán los primeros protagonistas los que reciban la atención de los medios, las emociones que viven, las desgracias que padecen, la reacción de los familiares cercanos, la esposa, los hijos, los amigos. Pero todo espectáculo requiere mantener la tensión, el mago debe sacar permanentemente conejos de la chistera para que no decaiga el interés. Las apuestas suben y todo espectáculo vinculado con la corrupción añade personajes hasta terminar arrastrando a los líderes de los movimientos a los que pertenecen los causantes de la noticia. La presencia de los líderes agrega un elemento trascendental a la cuestión. Su irrupción permite a los nuevos protagonistas la posibilidad de elegir escenarios y replantear alianzas, si sienten que están perdiendo la batalla en los medios de comunicación pueden recurrir a movilizaciones sociales, baños populares; erigirse en alternativas únicas, ellos son las encarnaciones del bien y los prójimos los grandes causantes del desastre. Polarizadas las cosas, con la participación de los personajes más importantes y el dramatismo de la acción exigiendo a la opinión pública su veredicto, el espectáculo político llega a la meta dorada de su existencia: se convierte en un escándalo. El escándalo monopoliza la agenda de la opinión, se distingue por ser un tema en el que no sólo nadie se queda fuera, sino que todo mundo asume una posición. Es una reacción social que provoca una gran sacudida de las relaciones sociales y deriva en una gran crisis de la parte derrotada. La guerra por la opinión pública va a tomar derroteros ásperos y definitorios, no es para menos, pues de resultado del escándalo va a derivar en un nuevo equilibrio de poder. PUBLICADO EL 22 DE ABRIL DEL 2004 | EXCÉLSIOR |
