La corrupción. Crisis peligrosa
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La corrupción en México está en crisis, de acuerdo a la definición de la palabra: cambio considerable para mejorar o para empeorar en el curso de una enfermedad. Detengámonos en el concepto, pues habitualmente referirse a que algo está en crisis, es asociarlo con una circunstancia que se desliza fatalmente a su muerte. No es así, la esencia de la crisis es doble: las cosas no seguirán igual y el cambio no será superficial sino profundo. |
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Es un momento de forcejeo donde el resultado será el hundimiento o la resurrección. Toda acción u omisión adquiere un gran formato y la vida sólo garantiza dos cosas: nadie tiene ni el derecho de aburrirse ni menos aún de mantenerse a la expectativa. En el caso de la corrupción creo que el detonador de su crisis han sido los videos. Ha sido tan grosero y vulgar todo lo que se ha visto, que la sociedad ha pasado del estupor, a la impotencia y a la indignación. El estercolero que nos hemos sentido inmersos lleva a una decisión colectiva y nacional, esto no puede seguir así. Si como resultado de la crisis mejoramos, es porque pueblo y gobierno toman conciencia de que la corrupción sistemática hace insostenible la situación del país; las extensas implicaciones en la vida interior y exterior presionan decididas para su abatimiento; las aportaciones legislativas de la administración foxista otorgan nuevas herramientas para la persecución de los pillos y son utilizadas; la clase política ha experimentado lo fundamental que para conservar el poder o para alcanzarlo, es indispensable contar con el patrimonio de la honestidad; existe una nueva actitud ciudadana, que ya no glorifica a los corruptos sino que los denuncia y reprueba. El enfermo supera la crisis y la corrupción deja de ser, en lo que ya se había convertido, en la enfermedad terminal del sistema político. La otra cara de la crisis es empeorar. Que a la nueva estructura jurídica le encontremos las rendijas para dejarla vacía y estéril; que las circunstancias económicas del país empeoren y que la clase política, ante lo descarnado de la competencia, sólo encuentre los consensos en los espacios blandos e incluyentes de la complicidad; que los corruptos simplemente depuren sus estrategias, después de todo, delito que no tiene video no existe; la ciudadanía al percibir la generalidad de la corrupción, lo indiscriminado de su práctica y la hipocresía de su persecución, baja la guardia y se entrega al espejismo inmediato de compartir las ganancias. Pues de una cosa sí estamos seguros, de la esplendidez del poder público cuando lo que se salpica es el patrimonio es de la nación. En este escenario se cumple la vieja profecía de un ex presidente: convertirnos en un país de cínicos. Esto es realmente, y permítaseme usar un giro coloquial, “lo más peor” que nos puede pasar. El cinismo es el más bajo estadio de la actitud moral. El cínico ha pasado de la desconfianza a los valores, al escepticismo; de la pérdida de la brújula ética, a la aniquilación de la vergüenza. Todo se suma para finalmente rematar en el descaro. El cínico racionaliza sus faltas al grado de gozarlas y presumirlas. Si no recibe apoyo el cínico se aplaude a sí mismo. Su mejor defensa: todos somos así, desde las élites hasta el más humilde ciudadano; tratar de cambiar las cosas es ser ingenuo y luchar contra lo irremediable. Nada es para tanto. El cinismo es la palabra de presentación en sociedad del vale madrismo. Como esto es demasiado duro, el cínico siempre se disfraza de sinceridad y pragmatismo. Bueno, ya se nos acabó el espacio, luego le seguimos. PUBLICADO EL 10 DE JUNIO DE 2004 | EXCÉLSIOR |
