La corrupción: Aguilar Zinzer y Santiago Creel
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A mediados del siglo pasado, los panistas en Querétaro no eran una especie en extinción, sino un nuevo grupo de aguerridos profesionales liberales, pequeños comerciantes, empresarios y personas vinculadas con la Iglesia que se enfrentaban al poder público. Cuando mi abuelo, que había sido gobernador del Estado, los encontraba en la calle, discutían tan intensa como amigablemente. El sólo hecho de que lo contradijeran me parecía un sacrilegio, pues en general todos sus interlocutores parecían felizmente coincidir con él. Un día le pregunté a mi abuela lo singular de estas personas y la relación de amor y odio que parecían mantener con el abuelo. “Son panistas –me dijo- y se puede discutir y ser su amigo, pues todos pertenecen a familias muy decentes”. |
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Aunque nuestra corrupción tiene orígenes más remotos, Aguilar Zinser analiza el problema desde Antonio López de Santa Anna, a quien que le apodaban el “Quince uñas”, pues no le alcanzaban las manos para robarse los bienes públicos. Y es que el dictador representa no solamente lo más descarado de este vicio público, sino también el uso de todas las estratagemas que pronto aprendió el poder para salpicar a opositores y pueblo en general, para que finalmente se formara una cultura en la que, para resumir, la honradez era equivalente al valor de la tontería. Aguilar Zinser sostiene una hipótesis clave, en México la corrupción tiene un carácter sistémico, no se trata de separar a una manzana podrida o elaborar una nueva ley. Efectivamente, nuestra corrupción está en todos los niveles; es cotidiana y rutinaria; estructural y coyuntural; puede actuar aisladamente o en cadena; organizada o sin organizar; cuenta con la complicidad explícita o implícita; está en acción o en potencia; se contagia y multiplica; recurre a métodos tradicionales o tecnología de punta; se alimenta y realimenta. Una de las razones para que prolifere la corrupción la identifica Aguilar Zinser en la discrecionalidad de las autoridades, escribe: “Discrecionalidad para tomar sin ningún freno decisiones ejecutivas políticas y administrativas, para interpretar reglamentos, para enajenar bienes públicos, para otorgar concesiones, licencias, permisos, para llevar a cabo acciones relativas a los ordenamientos urbanos, a la disposición de recursos naturales y un largo etcétera”. Este renglón de la discrecionalidad lo acabamos de observar en el otorgamiento de los permisos a casinos. Nadie duda que estos hechos puedan estar apegados a la legalidad, el problema es que se fundan en un reglamento hecho por la propia autoridad y los márgenes de decisión son muy amplios, lo que se presta a la corrupción, tal vez al favoritismo y de seguro a la sospecha. Aguilar Zinser se lamenta, con razón, la timidez y la poca decisión de la clase gobernante, escribe: “La lucha política y civil contra la corrupción ha sido, debemos admitirlo, incierta, intermitente y oblicua, colateral y temerosa. Para muestra, como dice el consejero Santiago Creel, basta un botón: el combate a la corrupción no es siquiera un tema explícito de las deliberaciones sobre la reforma política y la reforma del Estado”. Lástima que Creel, ya como funcionario, no le haya puesto a lucha contra la corrupción y a la Reforma del Estado, ese entusiasmo que manifestaba como consejero electoral. Aguilar Zinser fue un visionario, juzgue Usted: “Casos “ejemplares” como los de Raúl Salinas de Gortari…, tienen un efecto poco ejemplar. Se trata de sólo de chivos expiatorios o de ajustes de cuentas políticas y que, por tanto, el encarcelamiento de uno es señal de que los demás están a salvo”. Lamentable fin de una vida fructífera. Publicado en Excélsior el 23 de junio de 2005 |

jajaja Resulta obvio que Santiago Creel ya no le pone entusiasmo a la lucha contra la corrupción, porque hace rato que se cambió al bando de los políticos corruptos.
Seguro que las denuncias contra él enriquecimiento ilícito, por trafico de influencias,etc etc terminarán en la impunidad como siempre.