Edmundo González Llaca

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La corrupción. ¿Cómo acabar con ella?

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Si una institución o una empresa quiere solucionar los problemas de corrupción que le aquejan, lo primero que necesita es tener la voluntad para hacerlo. Pareciera obvio y fácil, pero cruzar ese puente entre el deseo de hacer las cosas y llevarlas a cabo, muy pocos lo caminan. El apetito debe tener un conocimiento muy amplio del propósito que se quiere alcanzar, indispensable para tener toda la fuerza de la determinación; asumir deberes, acciones y consecuencias.

Esto exige de una amplia información de los hechos; ilustración de todo lo que involucra; sabiduría de los principios que deben guiar la batalla y, sobre todo, valor, mucho valor.

Partamos de la base que la corrupción en México es sistémica, es decir, no es circunstancial ni se ubica en una sola institución o área de la administración. El problema no se reduce, como afirman algunos autores, a unas cuantas manzanas podridas que es cuestión de aislar. Ovejas negras descarriadas que es preciso integrar a la legalidad. No es así. Esta es una corrupción que está en todos los niveles; es cotidiana y rutinaria; estructural y coyuntural; endémica y omnipresente; puede actuar aisladamente o en cadena; organizada o sin organizar; cuenta con la complicidad explícita o implícita; está vivita y coleando o en potencia; se contagia y multiplica; recurre a métodos tradicionales o a la tecnología de punta; se alimenta y realimenta. Lo más grave de su realidad, es capaz de todo si se siente amenazada.

Como puede observarse la solución del problema tiene que ser integral, pues la corrupción abarca causas culturales, jurídicas, económicas, salariales, administrativas, judiciales. El remedio no es sencillo, incluye estudios, reformas estructurales importantes, formación de organismos, coordinación entre las instituciones, evaluación de grupos interdisciplinarios. A la hora de perseguirla y sancionarla viene lo bueno, son muchos los callos que se pisan y los intereses que se lesionan.

¿Podremos tener la esperanza de que la clase política tiene esta voluntad para resolver el problema? Ojalá hayan leído a Erasmo, que en 1515 en su libro “La educación del príncipe cristiano”, escribía: “Si quieres entablar competición con los otros príncipes, no consideres haberlos vencido por el hecho de que les hayas quitado parte del poder. Les vencerás verdaderamente si fueras menos corrupto que ellos, menos avaro, arrogante, iracundo”. Y más aún se pregunta el príncipe de Erasmo: “¿Cuál es mi cruz?”. Se responde: “Seguir aquello que es honesto, no hacerle mal a nadie, no robar a nadie, no dejarse corromper por los regalos”.

Creemos más bien que los políticos son lectores de otro Príncipe, el de Maquiavelo. Los imaginamos anhelantes de resultados, veleidosos en el manejo de las leyes y los principios; escépticos para entrarle a esta medusa de mil cabezas que es la corrupción y zacatones ante los chicotazos de esta sensible serpiente. No los consideramos virtuosos por amor a la verdad y a la justicia, sino por la necesidad y la conveniencia. En este sentido lo que se preguntan los políticos es lo siguiente: ¿Es rentable la lucha en contra de la corrupción? ¿Sirve para conservar y aumentar el poder?

En momentos de guerra, es la traición a la patria el delito más castigado, en circunstancias ásperas y difíciles de la economía nacional y familiar, es la corrupción lo más detestable. Nada provoca mayor indignación en México y en el mundo, y por lo tanto los mayores escándalos políticos, que la deshonestidad. Los casos recientemente descubiertos nos ahorran la necesidad de argumentar.

PUBLICADO EL 04 DE MARZO DEL 2004 | EXCELSIOR

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11 Dic 09 | Política

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