Jesus: “El Seductor”
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| Artículo publicado en el periódico Excélsior el 09 de abril de 1982. |
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Lo llamaban de diferentes formas: Jesús, el Nazareno, el Hijo del Hombre (como él prefería), el Salvador, el Mesías, el Servidor de Yahvé, el Hijo de Dios, Cristo, el Hijo de David, el Galileo, y otros de sus contemporáneos, por su atractivo físico y ascendencia sobre individuos y multitudes, le decían simplemente “El Seductor”. Tantos títulos corresponden casi al sinnúmero de ideas, imágenes y representaciones que desde su muerte se ha formado la humanidad sobre “El Seductor”. Así, por ejemplo, la Edad Media lo integra dulzón, místico y hasta alambicado; en nuestra época, en cambio, se le reivindica por sus palabras y acciones ante las injusticias y los problemas sociales y políticos. |
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En medio de este abanico tan amplio de imágenes y representaciones, ¿cuál es realmente el mérito histórico de este personaje capaz de marcar un hito en el tiempo de antes y después de Él, privilegio no concedido a nadie más? ¿Cuál es su aportación y vigencia en el mundo occidental, capaz de vivir en nuestro calendario con su presencia cotidiana? Se deberá, tal vez a su palabra, palabra especial en la que todos los seres humanos creen encontrar una enseñanza. Será por sus críticas a la injusticia, la riqueza y la hipocresía: “Si vas pues, a presentar una ofrenda ante el altar y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti… ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda”. Por plantear la separación de las esferas espiritual y temporal: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Por su extravagante amistad con los pobres, los leprosos, los perseguidos, los incurables, los humildes, los pequeños, las prostitutas, los huérfanos, las viudas: los quebrados de la sociedad. Por establecer la unidad íntima e insoslayable de teoría y praxis. Cuando le dijeron: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los senos que mamaste”. Él completó: “Bienaventurado más bien aquel que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica”. Por su interpretación humana, tolerante y flexible de los preceptos: “El Sabbat está hecho para el hombre y no el hombre para el Sabbat”. Por colocar el amor como la virtud de más alto rango y como principio de la vida y las relaciones humanas. Por vivir personalmente ese mensaje de amor y perdón en las peores condiciones de oprobio y humillación. Por lo ignominioso y dramático de su muerte. Por su capacidad para sobrevivir no sólo a sus detractores, sino a los errores y apologías de todas las iglesias que se lo apropian. Será por su vida, su mensaje o su muerte, pero la estrella de Belén, todavía brilla y “seduce” espléndidamente a la humanidad. |
