J.L.P. El “demonio del mediodía”
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A la muerte de cualquier personaje público es inevitable el ajuste de cuentas, que siempre se detiene ante el justificado riesgo de caer en el mal gusto al hablar sobre alguien ya fallecido. Eso me aterra y prefiero recordar al propio personaje haciendo un examen de conciencia sobre las razones de sus fracasos. José López Portillo, en su obra “Mis Tiempos”, al examinar su interioridad, confiesa que el “demonio del medio día” se apoderó de él. |
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El término “demonio del mediodía” tiene su origen en un oscuro versículo de La Biblia que dice así: “no temerás a la flecha que vuela durante el día, ni a la peste que camina entre las tinieblas, ni al demonio que devasta en pleno mediodía”. El ex presidente hace referencia al término en el siguiente párrafo: “si algún problema ha habido, (en su matrimonio) a mí me es imputable, cuando irresistiblemente, al entrar a los cuarenta años, de mí se apoderó el ‘demonio del mediodía’”. El ex presidente se refiere a la novela del mismo nombre del autor psicologista y moralista Paul Bourget. En esta novela, un hombre cuarentón, asceta, intelectual, dominador de sus pasiones, político inobjetable, se enamora de una mujer joven y casada. A continuación haré un refrito de las repercusiones sicológicas y morales que, considera Bourget, distinguen a estos endemoniados. No piense el lector que, de improviso, aprendí a escribir. No, es Bourget al que me he fusilado: El demonio del mediodía es el extravío a la mitad de la vida; es la emoción de antaño. Se experimenta ese estremecimiento de los crepúsculos de invierno tan dulces para los amores ocultos. Se renuevan todas las profundidades oscuras, esas peligrosas y tiránicas que la disciplina ha refrenado sin destruirlas. Es el ave que se precipita hacia las redes sin saber que le va en ello la vida. Ciertamente el demonio del mediodía es el animal carnal desencadenado, pero no se piense por ello que es algo superficial o secundario. Nada más lejos que eso. Es una pasión que absorbe las potencias del alma y no permite sentir nada fuera de ella. La presencia o la ausencia de la mujer es el hecho que domina todo; es una atracción que sólo permite razonar confusamente, que suspende todas las convicciones y todas las voluntades. ¿Y cómo no iba a hacerlo? Si las ideas, las imágenes, son representaciones abstractas. La pasión es lo real lo que muerde, lo que quema. La presencia de la mujer, sus besos, su piel, su amor, son la verdad. El resto son construcciones mentales, fantasmas sin consistencia. Lo peor de este pingo de mediodía es que los estímulos recibidos se prolongan en todos los sentidos y una especie de alma florece. Los remordimientos que se tienen tan vivos en la tentación ya no se retienen en la falta. Es ley de este amor convertir en ardor hasta los sufrimientos, como la llama de un incendio que se alimenta de los obstáculos que encuentra. José López Portillo, al explorar en su interioridad, reconoce que lo acosa un problema de identidad personal. Citando al Chilam Balam, se pregunta: “¿soy alguien yo? ¿Soy este que soy?” Bourget parece considerar que esta cuestión tan trascendental es un rasgo clave de los poseídos del demonio del mediodía y escribe: “No era solamente el conflicto de sus dos órdenes de acciones. Era el choque de dos órdenes de pensamiento, de dos concepciones del destino, irreductibles, y la trágica cuestión se planteaba ante él: ¿en dónde está la verdad?”. Este es el demonio del mediodía, tan suelto como contagioso, que agarró a López Portillo, y con él al país. Que descanse en paz. PUBLICADO EL 26 DE FEBRERO DEL 2004 | EXCELSIOR |
