Edmundo González Llaca

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Guerra. La belleza horrible

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“Para batallas de amor; campos de plumas”, escribía el poeta español, cuando no había resortes ni “box springs”, sino mullidos colchones. Sólo de esas guerras, de ésas en las que el triunfo exige a los contendientes ponerse de acuerdo para llegar a un empate, solamente ésas deberían de existir.

Lamentablemente no es así y es necesario escribir sobre el genocidio que está cometiendo Bush; me niego a caer en la trampa de los medios norteamericanos, esa no es una guerra, es una carnicería, donde hay más muertes que luchas.

Cuando convocan los tambores al combate calla la razón. Todo se confunde y por supuesto las primeras víctimas son las palabras. Las bombas son “inteligentes”, los bombardeos son “humanitarios” y se muere por “fuego amigo”. Sólo la indiferencia de los muertos, sólo el rostro de terror de los prisioneros parecen ser verdad.

Escucho las declaraciones de un habitante de lrak a quien entrevistan, manifiesta no tener miedo a las bombas, “un hombre mojado no teme a la lluvia”, lo que más le preocupa son los actos de pillaje. Esos crímenes que se cometen al alba que sigue a la noche de la lluvia de bombas; después, la mano furtiva que se mete a la bolsa del cadáver, la que quita los zapatos. No es la mano del soldado enemigo que cobra el botín, es la del vecino, la del compañero de armas. Tiene razón, en la escala zoológica los animales más despreciables no son ni los leones ni los tigres, sino las hienas.

Quiero confesar una cosa. Todos escribimos sobre esta masacre para manifestar nuestra indignación, para interpretar la grandeza de su injusticia, para aliviar nuestra conciencia de que hacemos algo para oponemos a ella. Reconozco que hay algo en lo que yo caigo irremisiblemente seducido: la belleza aerodinámica de los bombarderos, la contundencia de los portaaviones, la perfección de los misiles. Quedo extasiado al observarlos cruzar el espacio. Tecnología, perfección, diseño, como que semejantes obras de arte creadas por la inteligencia humana merecen un mejor destino que matar.

Veo los rostros juveniles de los soldados muertos, recuerdo a Víctor Hugo, al escribir sobre la guerra: “Si hay alguna cosa horrible; si existe una realidad que va más allá del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena fuerza viril, tener salud y alegría, reír con valor, correr hacia una gloria deslumbradora que se tiene delante, sentir en el pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que raciocina, hablar, pensar; esperar; amar; tener una madre, tener mujer, tener hijos, tener luz y de pronto, en el espacio de tiempo necesario para dar un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, magullar, ser magullado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse a nada, apretar un sable inútil, tener debajo de sí los hombres, encima los caballos, luchar en vano, romperse los huesos con una coz dada en las tinieblas; sentir el tacón de una bota que os hace saltar los ojos, recordar con rabia las herraduras de los caballos, ahogarse, aullar, desesperarse, estar allí debajo y decirse: ¡Hasta hace un momento yo vivía!”

Pobres generales, piensan que el único frente es Irak, mañana, cuando la guerra sólo es un recuerdo, leerán en los periódicos: “Voló un edificio; entró a un restaurante y con una ametralladora masacró a los asistentes; tiró una granada a un jardín de niños. No se saben los motivos, salvo que se trataba de un ex combatiente de Irak”. En esta guerra sin gloria, los derrotados podrán contar a sus muertos, los vencedores no podrán hacer lo mismo con sus locos.

PUBLICADO EL 27 DE MARZO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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