Edmundo González Llaca

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Francia. Barbas a remojar

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Desde la Revolución Francesa todo lo que sucede en ese país tiene repercusiones que alcanzan al mundo occidental. Imposible olvidar que el 68 detonó ahí durante el mes de mayo y a nosotros nos llegó en julio; antes se había extendido a casi toda Europa. Por ello, ahora que la ola de violencia ha prendido en los suburbios de París, más vale que pongamos nuestras barbas a remojar.

Algunos lectores podrán decir que eso ya es paranoia, preocuparse por los jóvenes franceses es tan ocioso como ponerse mentolato antes de que nos llegue la gripa aviar. Después de todo en el caso de Francia se trata de jóvenes que son discriminados por su religión o el color de su piel; hijos de inmigrantes que no son tratados como nacionales. En parte tienen razón, pero los motivos fundamentales para incendiar todo lo que se les pone enfrente, es que se trata de jóvenes, desempleados, pobres, frustrados y que habitan a la orilla de las grandes ciudades. Creo que jóvenes con este retrato hablado tenemos bastantes.

En México tenemos un millón seiscientos mil desempleados, pero 17 millones, es decir, cuatro de cada diez, tienen empleo chatarra en la economía informal, poseen pequeños puestos ambulantes, son franeleros, cargadores, mandaderos y un largo etcétera. En el Distrito Federal el desempleo se agudiza en las zonas marginadas. Aproximadamente 150 mil de gente en edad de trabajar se desplazan diariamente a la ciudad en búsqueda de una actividad que les dé algo de comer. No son islamistas, ni negros, pero sus vidas tienen un gran paralelo con estos jóvenes europeos. Sería difícil saber quién está más enfurecido (más correcto sería escribir encabritado) con la vida, el estado de cosas y el gobierno.

Lo primero que llama la atención de lo sucedido en Francia es que no tiene nada que ver con el movimiento del 68, ni siquiera alcanza el nivel de “movimiento”. Ya lleva varias semanas y no se conoce el nombre de ningún líder. No existe un “Rojo” Cohn-Bendit que conducía a las masas de estudiantes, daba entrevistas y explicaba las causas de la rebeldía. Actualmente no hay organización ni banderas ni proclamas. Nada de frases históricas como “Prohibido prohibir”. ¿Qué hay entonces?

Violencia sin mensaje. Llevan quemados más de seis mil vehículos, pero le prenden fuego a todo lo que se les ocurre, incluso a los carros de los familiares o los amigos. De lo que se trata es de destruir; de expresar su furia contra todo y contra todos. Barrios miserables con chusmas escépticas a las que aparentemente no les interesa cambiar nada sino ponerle una bomba molotov. Simplemente están “hasta la madre”.

En el diagnóstico parecen coincidir los especialistas. Vienen de familias desestructuradas. De los partidos políticos o de los sindicatos mejor ni hablamos, los tienen absolutamente sin cuidado. No creen en nada, la religión no ha podido integrarlos y la educación hace tiempo que los dejó, por cierto, sin inocularlos del mínimo respeto a la ley y a los valores comunitarios. A la fiesta del consumo no están invitados y son hostiles a lo que signifique estatus. Durante el día pueden hacer algo y quizás hasta trabajar, pero lejos de animarlos, simplemente pareciera que lo que hacen es alimentar su odio.

De estos jóvenes hay ciento, miles, millones. Con desmesurado optimismo se parece coincidir que la solución: debemos socializarlos, asimilarlos y darles mayores posibilidades en la permeabilidad social. Convencerlos de las bondades nuestro sistema de vida. Me queda la duda si su guerra va más allá y de lo que se trata es de cambiar el mundo que hemos hecho.

Publicado en Excélsior | 17 de Noviembre de 2005 |

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