Edmundo González Llaca

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Erotismo. Corre, ve y dile

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En una comparación tan insuperable como sugestiva, Octavio Paz escribe: “El sexo es la raíz, el erotismo es el tallo y el amor es la flor”. El erotismo proviene del sexo, pero la inteligencia lo redime y lo convierte en amor, aunque no es su destino fatal. El sexo es la animalidad que compartimos con todos los de nuestro género y a la bestia sólo le preocupa el placer y la sobrevivencia.

El erotismo es individual, la cultura y la imaginación, lo que permite que los humanos podamos elegir, nos entreguemos a los placeres de la carne no únicamente en primavera y nos lancemos a la búsqueda de una integridad más completa en el amor.

El tallo al que se refiere Paz es el intermediario, el corre ve y dile entre las partes de la ambivalencia del genoma humano. El erotismo está entre el placer y el deber, entre la utilidad y la bondad, entre el impulso desenfrenado y el dominio de sí mismo; entre la armonía y el desorden; entre el hacernos mejores y hacernos peores; entre la sensualidad y la espiritualidad; fiel de la balanza entre lo animal y lo divino. El erotismo está más allá de la carne, pero más acá del amor.

Este tallo del erotismo no es un canal neutro, pasivo y frío, algo así como un Instituto Electoral dentro de nosotros que sólo se encarga de imparcialmente transmitir las contorsiones desenfrenadas del instinto y los mandatos gélidos de la templanza. Nada de eso. Establece un flujo y un reflujo donde todo se mezcla, drama, comedia, placeres, dolores, calenturas y normas éticas. El erotismo es intermediario que conecta pero, al hacerlo, marca el ritmo, la diástole y la sístole, del sexo y el amor.

Uno de los riesgos es calificar las partes que envuelven al erotismo. De un lado está lo bueno y del otro lo malo; lo virtuoso y lo depravado; en una parte lo falso y en la otra lo verdadero; lo puro y lo impuro; lo vano y lo trascendente. Semejante posición conduce a rechazar una parte y a prodigarse en otra. Evidentemente lo más mercadotécnico es echar pestes contra “el pozo oscuro y viscoso del sexo”. Huyamos de esta tentación que rehuye los “deleites venéreos”, pero también desechemos la exaltación de la neurona. Bien lo decía Platón: “No es deseable una vida sólo de entendimiento, aunque posea toda la ciencia y toda la memoria”.

Partamos del principio, que la sexualidad y el espíritu no son opuestos, no se excluyen, una cosa lleva a la otra y se realimentan, son productores y producto. Ni el sexo es químicamente algo vil ni el amor tiene el monopolio de lo sagrado. El erotismo es el que marca cuando el sexo o el amor, juegan el papel de estímulo y de recompensa. De cada quien depende.

Para algunos el erotismo tiene como propósito armonizar estos elementos sensibles y metafísicos de los que estamos compuestos. Para los que sostienen este punto de vista, la obligación personal es la reconciliación de la exuberancia sexual con los límites de la conciencia. No estoy muy seguro con ese compromiso, digamos cervecero del erotismo; no olvidemos que, como dice el anuncio, que la cerveza es la bebida de moderación de excelencia. Un erotismo que equilibra nuestros dramas internos me parece demasiado apacible y hasta aburrido.

La guía del erotismo, su gran compromiso, como inteligencia que provee de alas al deseo, es conocer. Todo lo que sirva para conocer es bueno. Conocer un seno, una pierna, un sentimiento, una palabra, un jadeo; conocer estas partes del barro que estamos hechos. Ni pura maciza ni exclusivo soplo divino. Conocerse sobre todo a sí mismo y conocer a la prójima, en ese encuentro de carne y fantasías.

PUBLICADO EL 16 DE DICIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR

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