Erotismo. Amor y muerte
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Varios estimados lectores me reclaman que hace tiempo sostuve en este mismo espacio que el amor y la muerte están unidos y que ahora, quién sabe por qué obscuras, razones, digo lo contrario. Creo que hay una confusión. Efectivamente, el amor y la muerte están unidos, esto es difícil de aceptar cuando el amor lo asociamos con la máxima alegría, con la culminación intensa de la vida, con todo aquello que palpita. |
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Pero también es cierto que hemos sido educados y cultivados en la literatura, la música, en el valor de que no existe verdadero amor si éste se ha padecido acosos, amenazas, perturbaciones. Todos nos jactamos de haber vencido pequeños o grandes y reservamos la leyenda o el mito para quienes, con su muerte voluntaria, avalan la trascendencia y verdad de su amor. Es innegable que mucho hubiera perdido la humanidad si a Helena de Troya y a París no los persigue Menelao, si Isolda no es alejada de Tristán, si los Montescos y los Capuletos se hubieran llevado bien, si Dante hubiera conocido a Beatriz o Petrarca se hubiera casado con Laura. En pocas palabras, no es el hombre, sino el dolor, la verdadera medida de todas las cosas. Por otra parte, no olvidemos, como señala Bachelard, que el amor es la primera hipótesis científica de como se logra la reproducción del fuego. Prometo es un amante vigoroso y no un filósofo, y la venganza de los dioses, más que de seres los divinos, es la venganza de un celoso despechado. El amor en consecuencia “es un fuego que se comparte”, y el fuego es un fenómeno que tiene su vida plena en la destrucción. En el corazón de las llamas se une el sacrificio de la materia y el nacimiento de la hoguera. La unión es clara. Amor y muerte, porqué la muerte por amor pareciera no el marchitamiento de la vida sino su exuberancia; amor y muerte, porque agotadas las posibilidades de gozo de la vida no queda mayor desafío que el voluptuoso enigma del más allá, amor y muerte, simplemente por jugar a acabar todo en un instante por la posibilidad de prolongar el amor hasta la eternidad. Ahora bien, ¿qué hay en la mente de los amantes que se suicidan? Creo que en Romeo, como todo aquel que llega al martirio por amor, hay una personalidad romántica y escéptica. El amor, y más aún el apasionado, dura muy poco, y no hay camino más seguro para preservar su idealización que morir rápidamente. Romeo, quizá, estaba consciente de que la rutina con sus dientes húmedos y terribles acabaría con la flama brillante y espectacular de la pasión y dejaría los leños pálidos de la vida. Esto era demasiado para él. Mejor morir en la cumbre sagrada de la muerte, que esperar a que Julieta engordara y un día de tantos se quejara de lo mucho que había subido el espagueti en Verona. En el amante suicida existe un narcista receloso, pues en el fondo de todo aquel que ama, hay una profunda desconfianza de que sea realmente correspondido, y la última vez la única prueba, en el desprecio a la vida. Hay también, como en todo suicida, un valiente y un cobarde. Valiente por morir, y cobarde, porque quizá no hay más audaz estratagema para ahuyentar la soledad de la muerte, que morir de acuerdo y al mismo tiempo con otro. La confusión que tienen mis estimados amigos, y que creo haberla aclarado en artículo anterior, es que una cosa es el amor y otra el erotismo. Por el sexo y los sentidos se llega al amor, pero esta dimensión del sentimiento es algo muy distinto a los aparatos reproductores y a la sensualidad en general. El amor, como escribe Dante, lo crea todo: el dolor, la alegría, la locura y hasta el infierno. PUBLICADO EL 18 DE NOVIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR |
