Erotismo. ¡Hoja de parra!
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Como lo señalamos en el artículo pasado en el momento en que Adán y Eva se ponen la hoja de parra nació el erotismo ¿A quién se le habrá ocurrido? Lo más probable es que ninguno de los dos se percató de que, con la famosa hoja, hacían la primera reconversión industrial del mundo. Se iniciaba así el vestido, la moda, las revistas eróticas, las películas pornográficas. |
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En fin, se gestaba el consumo y la primera desviación de la libido. Es más, los primeros modelos de las cerraduras de las puertas se hicieron, no para meter las llaves, sino a favor de los ojos de los primeros fisgones. Sobre la hoja de parra se escribió el acta de nacimiento del “voyeurismo”. Si se le ocurrió a Adán, su reflexión hubiera sido más o menos así. “¡Qué bárbara! Esta Eva está tremenda; ya no cree en nadie, bueno, ni en Yahvé. ¡Qué incomprensiva!, no se da cuenta de que se me puede abrir la herida; que todavía estoy convaleciente de la costilla que me sacaron. Para acabarla de amolar esa extraña amistad con la víbora. Es necesario distraer sus impulsos desaforados, le voy a poner una hoja de parra donde les platiqué”. Ahora, si la idea fue de Eva, habría dos hipótesis, la demográfica y doméstica: “¡Claro! Como él no cuida a los niños ni siente los dolores ni batalla con Caín, pues le da igual. Esto será el Edén, pero aquí nadie ayuda a la casa. Además, últimamente me trata como un objeto sexual. Como no puedo recurrir a derechos humanos pongamos dificultades a la situación”. La versión de la Eva suspicaz: “No sé qué le sucede a Adán. Llega tarde y cansado. Dizque se la pasa hasta muy noche poniéndoles nombres a los animales. Lo siento, pero yo necesito cariño y respeto. De ahora en adelante me voy a dar mi lugar”. De quien haya sido la idea, lo cierto es que la hoja de parra tiene muchas significaciones. Es, antes que todo, la primera manifestación de la presencia del intelecto en la humanidad. Hombre y mujer toman distancia de las otras especies animales cubriendo parte de su cuerpo. Pero, ¡ojo!, no cualquier parte del cuerpo, sino precisamente la puerta de la vida. No olvidemos que lo prohibido en el paraíso es el “árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal”. Es decir será el sexo -la vida- lo que se protege, y sobre lo que descansará la idea “del bien y del mal”, en suma, el concepto de moralidad del género humano. En la Biblia, moralidad y sexo van de la mano. Antes de comerse ellos la manzana, el Génesis dice: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello”. Después de la famosa mordida, la Biblia agrega: “Abriéronse los ojos de ambos y, viendo que estaban desnudos, cogieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores”. Esto es, en los orígenes narrados por la Biblia, se encuentran unidos: el bien y el mal, la libertad y la desobediencia, el pecado y la culpa. Sobre las mujeres recaerá la lápida histórica de la seducción y, para oprobio de los hombres, la cobardía. Veamos. Cuando Yahvé busca a Adán, le dice: “¿Dónde estás?” Este contesta: “Te he oído en el jardín y temeroso porque estaba desnudo me escondí”. “¿Y quién -lo interroga Yahvé- te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol de que te prohibí comer?” Adán, todo “zacatón”, se disculpa: “La mujer que me diste como compañera me dio de él y comí”. ¡Gacho y chivatón! La hoja de parra es la síntesis de lo que es el erotismo: el sexo enriquecido con la imaginación. De aquí en adelante el acto carnal será misterio, ritual, caída, libertad, vergüenza, angustia, transgresión, poesía, perversión. En fin, se trata ya de otro paraíso. PUBLICADO EL 21 DE OCTUBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR |
