El temblor. Veinte años después
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Muchas personas sostienen que Luis Donaldo Colosio días antes de su muerte les platicó confidencias que son auténticos secretos de Estado o les hizo voceros post mortem de sus reflexiones políticas. Mi amiga la China Mendoza dice que son tantas las personas depositarias de esta información inédita, que Luis Donaldo tuvo que habérsela pasado hablando dos meses seguidos sin siquiera dormir. |
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Algo semejante sucede con el análisis del temblor del 85, aparentemente no había terminado la terrible sacudida, cuando ya todos los analistas políticos vislumbraban el gran cambio que sufría la sociedad mexicana. Supuestamente desde entonces ya predecían que a partir de la nueva solidaridad y capacidad de organización de la que se hacía gala, surgiría floreciente nuestra democracia. Yo realmente tenía un susto que me impedía pensar en nada. En eso días escribí en estas mismas páginas: “Toda amenaza tiene su miedo, y el que provoca el temblor es uno de los más terribles. Es una amenaza que no es familiar; es un enemigo con el que no es posible negociar, intercambiar algo, persuadir, suplicar. Utilizar todas las estratagemas que bien conocemos. Es más ni siquiera huir, pues es un peligro omnipresente, sin remedio, sin antídoto. El temblor es una especie de furor divino, inaccesible, incomprensible. El miedo que provoca no tiene siquiera la voluptuosidad del vacío o del filo de una navaja. Nada. Es un miedo con un soplete congelado que destruye los velos de la frivolidad, las telarañas mezquinas de las depresiones, las infinitas máscaras del narcisismo. Todo lo desaparece y nos coloca en el umbral frío y simple: la vida o la muerte. El temblor es un Midas del terror, lo que mueve lo transforma. De improviso, los muros que nos protegen ahora nos amenazan; ese hermoso regalo que tanto apreciamos se balancea peligrosamente; el librero que tanto amamos cruje. Todas las cosas que nos rodean y por lo que tanto hemos luchado son guadañas con diferentes formas. Es un miedo, que no se va, pues nace de un peligro que no tiene tiempo, que no está lejos, ni ha pasado. Es un verdugo que está aquí, abajo de nosotros, agazapado; que parece alimentarse de edificios colapsados. Es indiferente, misterioso, sin culpa. Es un miedo absoluto, total. Pudre el alma, el cuerpo, la emoción. Es integral, casi sobre natural. Es la otra cara del orgasmo. En fin, no se trata de hacer una apología del miedo, simplemente comparto con el lector mi forma de exorcizarlo y el único método que creo existe para dominar al miedo, es hablarlo, escribirlo, desmantelarlo, saturarlo. El silencio, el disimulo, multiplican las alas de su principal cómplice: la imaginación. Cada quien su estrategia, lo importante es evitar que el miedo se instale entre nosotros; que dicte su ley de impotencia y de insomnio. Este maldito miedo que nos eriza pero sin vigor, nos pone alertas pero sin reflejos. Mandemos a volar al miedo. Vamos a vivir, con más intensidad por los que se han muerto, con más amor por los que ya no pueden amar. Vamos a defender esta vida. Con calma, pero con pasión. Es la única que tenemos”. En esa época era diputado federal por Querétaro, después de que bebí cantidades industriales de té de tila, presenté una iniciativa legal que permitiera formar cooperativas de construcción entre los afectados, apoyadas por el gobierno. Otras iniciativas tuvieron prelación y la mía no fue aprobada. Respecto al miedo, pues con la pena, les informo que todavía no se me quita. En relación con la vida les comunico que cada día que pasa me parece más interesante. Publicado en Excélsior | 22 de septiembre de 2005| |
