Edmundo González Llaca

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El Congreso. Drácula colectivo

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El triunfo de la oposición en el año dos mil, no sólo tuvo como causa un candidato fresco, espontáneo y decidido sobre otro gris, rutinario y burocrático. También inclinó la balanza el hartazgo de la ciudadanía a un sistema político que concentraba los poderes en el Presidente, figura emblemática que, como afirmaba el siempre citable Octavio Paz: “Reunía el misticismo de Cuauhtémoc y las armas de Cortés”.

A partir de Díaz Ordaz viene un declive de la imagen presidencial. Se dejó de confiar en ese Ejecutivo que al ser cruzado con la bandera nacional le llegaba un baño de sabiduría y ecuanimidad. Los excesos verbales de Luis Echeverría, las frivolidades de López Portillo y un largo etcétera, también llevaron a la conclusión de que no era posible que en el país no se moviera ni una hoja de los árboles sin la orden o autorización del llamado monarca sexenal.

En medio de una atmósfera cada vez más adversa a la personalización del poder, la alternativa que más atraía era la de fortalecer un Congreso autónomo, con legisladores que después de una sesuda discusión y abierta negociación lograrían decisiones políticas más equilibradas y acordes a la nueva pluralidad de fuerzas del país. Académicos y clase política han exigido un Presidente acotado, actualmente lo que se considera clave en la Reforma del Estado, la pócima de salvación de nuestra convivencia política, es la parlamentarización de nuestra vida pública. ¿Qué tan válida es esta propuesta?

Este Congreso discutió y aprobó el voto de los mexicanos en el extranjero. La ley ha resultado aberrante, se han dedicado tal cantidad de dinero y son tan pocos los votantes, hasta ahora cinco mil, que alcanzaría para traernos a nuestros migrantes al DF con todos los gastos pagados y una visita a la playa más cercana. Nuestros legisladores estaban advertidos del alto costo que esto implicaba y los riesgos jurídicos que podría acarrear. Nada les importó, de lo que se trataba era de quedar bien con nuestros paisanos. Se exhibió un Congreso oportunista, poco patriótico y torpe.

Existe una demanda generalizada de legislar en materia electoral, sobre todo la cuestión de los gastos de precampaña. Este procedimiento previo es oneroso y permite que los partidos y candidatos pasen la charola y hagan gastos sin medida ni control. Los legisladores optaron por olvidarse de ordenar las cuestiones electorales y se dedicaron a sacar ventajas de este vacío legislativo. Ha sido Congreso que representa más los intereses de los partidos que de la nación.

El Senado y recientemente la Cámara de Diputados han coincidido en la necesidad de reglamentar la Ley Federal de Televisión y Radio, para controlar el duopolio y revisar los requisitos de las concesiones. Durante cinco años hemos visto como todos los intentos se empantanan o terminan en iniciativas lights, donde los intereses de las empresas se mantienen, además de que se les abre un océano de posibilidades para fortalecerse. ¿Qué ha demostrado toda esta discusión? Unos legisladores capaces de alcanzar todo tipo de unanimidades por conveniencia; nada hay en la vida política como quedar bien con las televisoras. Un Congreso sumiso y obediente a los poderes fácticos.

Recientemente se formó una Comisión de legisladores para investigar a los hermanos Bribiesca. ¡De pronto! En una evidente negociación cupular: “Me olvido de tus pillerías y tú te olvidas de las mías, y ahí muere”, a la Comisión se le acortó la existencia. El sistema político ha escapado del Frankestein Presidencial, para caer en las manos del Drácula colectivo del Congreso. Ni a cual irle.

Publicado en Excélsior | 22 de Diciembre de 2005 |

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