El cinismo. La corrupción
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Como lo señalamos en el artículo pasado, sin duda que el virus más peligroso contra la honestidad es el cinismo. Para el inmoral existe el mal y el bien, pero prefiere el mal; para el amoral no existe el mal ni el bien, todo le da igual mientras triunfe; para el cínico existen el bien y el mal, pero lo importante es liberarse de la preocupación de distinguirlos. El inmoral es víctima de culpas que tarde o temprano lo acosan; el amoral no tarda en ser descubierto, pues lo delata su falta de escrúpulos. |
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El gran problema es el cínico, para quien nada de eso es importante o simplemente intercambiable. Resumiría Groucho Marx: “¿No le gustan estos principios? No hay cuidado, tengo otros”. Diluida la potencialidad y la dicotomía entre el bien y el mal, el cinismo pavimenta el camino a los inmorales y a los amorales. El cínico aparentemente no enfrenta las cosas, incluso en ocasiones ni siquiera argumenta. Utiliza la estrategia del estorbo, parece que no detiene pero ante él las cosas se paralizan. No destruye las relaciones sociales a martillazos, como la humedad se filtra y termina desmoronándolo todo. La suavidad de su acción y su aspecto inofensivo, eliminan el drama y el escándalo que provocaría el derrumbe inmediato. El cinismo es el gran alcahuete de la corrupción. En esta época que, como diría otro Marx, Carlos, que se distingue por tener convicciones sin pasión y pasiones sin convicción, la ostentación y el ánimo resuelto del cínico producen simpatías. La honestidad promete satisfacciones después del cumplimiento del deber, el cínico ofrece ganancias inmediatas y diversión instantánea. A la buena voluntad del comportamiento ético, el cinismo opone el desencanto, la perfidia de la banalidad; el espíritu irónico y zumbón. Su capacidad de seducción es indiscutible. El cinismo representa así el gran disolvente en la lucha a favor de la honradez. El enemigo, la corrupción, es un delito grave porque el daño que provoca no se limita a unos cuantos particulares, sino que el perjuicio afecta a todos, a la sociedad y a la legitimidad del gobierno. Si el potencial corrupto pretende reflexionar sobre esto, en ese momento aparece el cínico y opone a los valores abstractos del pueblo, bien público o interés nacional, el apego individualista, concreto y gozoso de la ganancia personal. Opone su fatalismo sin culpa, de que tarde o temprano todos terminaremos pecando. Si el Estado amenaza con el castigo no sólo jurídico y económico, sino también moral, ahí está el cínico para convencer que el honor, la decencia y la dignidad son cuestiones, además de antediluvianas, sin importancia. Falsos ardides para que otros saquen las ventajas. Pero hay algo aún más grave, el cínico es un permanente provocador del poder. Su liviandad y desvergüenza son un aguijonazo al espíritu radical, solemne e intransigente del gobierno. Esta es quizás la forma más sutil de su estrategia. Su atrevimiento saca de quicio a la autoridad que se lanza a la solución autoritaria y fascista en un vano empeño de no ser burlada ante los ojos de la sociedad. El gobierno cava su propia tumba, pronto la rigidez termina por provocar más convulsiones para el desarrollo de los asuntos públicos que la deshonestidad. Como buen luchador de judo, el cínico utiliza la fuerza del enemigo y la regresa contra su adversario. Esto nos lleva a una conclusión. La gran cruzada contra la corrupción es conveniente, importante, patriótica y un compromiso moral, pero es, sobre todas estas cosas, un desafío a la inteligencia y a la lucidez del gobierno y la sociedad. PUBLICADO EL 17 DE JUNIO DE 2004 | EXCÉLSIOR |
