Economía, discurso para terrícolas
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La comunicación no es únicamente un rasgo esencial de la condición humana, sino característica que define a los sistemas políticos. Una auténtica democracia se identifica con un diálogo permanente y plural entre gobernantes y gobernados; la solución totalitaria a los problemas sociales se distingue por el monólogo que impone el poder. Así, se comprende que el término dictador signifique en latín “ha hablado”, es decir, la palabra de un solo se ha convertido en ley. |
| Ahora bien, para que exista un auténtico diálogo democrático varios son los requisitos que se tienen que cumplir, entre otros libertad y respeto del poder público para sus interlocutores. Problema tan antiguo como la Humanidad misma, según se desprende de este diálogo efectuado en el siglo II a. De J. C., entre el rey: “Honorable Nagasena ¿queréis entrar en conversación conmigo?”. “Si vuestra majestad quiere hablar conmigo como los reyes hablan entre sí, entonces no quiero; pero si su majestad quiere hablar conmigo como los sabios hablan entre sí, quiero”. “¿Cómo conversan entre sí los sabios honorable Nagasena?”. “Los sabios no se enfadan cuando son acorralados y los reyes sí”.
No existe ninguna duda, incluso por parte de la oposición, de que en estos cuarenta días de gobierno ha existido un diálogo intenso, plural y respetuoso. Incluso, a las tradicionales comparecencias de los secretarios de Estado en las Cámaras, Miguel de la Madrid resucitó la costumbre cardenista de dar un mensaje a la nación con motivo del año nuevo y agregó inusitada práctica democrática al convocar a un diálogo abierto con los representantes de los partidos minoritarios. Sin embargo, el diálogo es un camino de ida y vuelta; exige comunicación, esto es, poner en común palabras, imágenes, conceptos, que comprendidos por todos permitan a las partes decir y contradecir. En conclusión, el diálogo democrático puede ser saboteado no sólo por la represión o la intransigencia, sino también empobrecido por la confusión, la oscuridad o el exceso de abstracción en lo que se dice. En la medida que el abatimiento de la inflación ha sido el primer objetivo del gobierno, el discurso de la nueva administración ha estado fundamentalmente con la cuestión económica. El tema tiene para los mexicanos una concreción y una claridad meridiana cuando cargan gasolina, compran jitomates o pagan la cuenta de un restaurante, pero cuando se trata de explicaciones entramos al mundo de las lucubraciones: al laberinto de los insumos, las divisas, el mercado cambiario, las balanzas de pagos, y todo eso que hace de la comunicación algo más molesto y fastidioso que quitar el arbolito de Navidad con dolor de muelas. Es justo reconocer que se ha avanzado en la comprensión popular de los problemas económicos, y a esto mucho ha ayudado la experiencia académica del Ejecutivo y a la honestidad y profesionalismo de Jesús Silva Herzog, pionero en una memorable reunión con los senadores en hablar real y sinceramente sobre las dimensiones de la crisis. No obstante, creo que las discusiones y aclaraciones económicas no han podido saltar las altas barreras de los laboratorios, los círculos oficiales, los grupos empresariales, los profesionistas que cargan computadoras electrónicas. Ambiciono que el diálogo económico salga a la calle, al campo, al mercado, a la vida cotidiana de los que no platicamos con extraterrestres. Sueño a las amas de casa discutiendo las condiciones del FMI, a los campesinos hablando sobre cuotas arancelarias, a los ciudadanos meditando su participación en una cooperativa o en apoyar el ingreso de México en la OPEP; a la Secretaría de Hacienda presidiendo la Comisión en Defensa de la Comprensión de la Economía, ilustrando masivamente mexicanos sobre la nacionalización de la banca, el capítulo de las reformas económicas de la Constitución, los organismos financieros internacionales; utilizando para este propósito los textos gratuitos, los partidos políticos, los representantes populares, los medios de comunicación. Imagino a esta Comisión multando a las oficinas que envíen oficios ininteligibles a los causantes, a las dependencias que emitan boletines de prensa sin versión comprensible para la opinión pública. En síntesis, deseo que la lucha contra el populismo financiero incluya con la misma intensidad la lucha contra el elitismo informativo. Por supuesto, estoy consciente que en las decisiones económicas intervienen cada día más datos de gran complejidad, pero también estoy convencido que bajo los conceptos fríos, encapsulados y metafísicos de lo económico, fluye la corriente vital de los intereses del hombre y la comunidad, y ahí todos somos expertos de lo que nos beneficia o perjudica. Por supuesto, también estoy consciente que los proyectos y las leyes deber hacer los grupos de especialistas, pero igualmente estoy convencido que su aceptación y apoyo sólo los otorga el pueblo cuando hay una comunicación libre, plural, respetuosa y, sobre todo, comprensible. 13 de enero de 1983 |
