Drama político. Empresarios e intelectuales
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“La política no es mi profesión”, dijo el talentoso académico Jorge Castañeda al renunciar a su cargo. Me pregunto cuántos funcionarios actualmente deberían decir lo mismo y, lo más importante, que se lo hayan dicho al Presidente cuando les ofreció el cargo. Por ejemplo, ¿qué le dijeron los secretarios provenientes de la iniciativa privada? Además de la consabida frase, “la política no es mi profesión”, le advirtieron lo siguiente. |
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Soy empresario, desconfío del poder público, me la paso regateando lo que le tengo que dar al erario, de otra manera no podría estar en el mercado. El funcionario que está del otro lado de la barandilla para mí es sospechoso y con tendencia al abuso. No se trata de que me la pase elucubrando la manera de cómo violar las leyes, pero sí reconozco que elaboro mis estrategias para cumplir lo que me pide el gobierno, pero siempre pensando en la forma de sacar ventajas para mis intereses personales. Como empresario siempre he actuado en un sistema cerrado de recursos y objetivos. He tenido una autonomía técnica y económica que me ha permitido tomar decisiones racionales y de acuerdo con los propósitos de ganancia. Cuando actúo lo hago de acuerdo a los costos y no tengo idea de lo que pueda significar buscar equilibrios de poder. Soy empresario y he estado sujeto a la competencia, y en toda competencia sólo hay un ganador. No pienso ni en mayoría ni en minorías, ni menos aún en someter a votación mis decisiones. Cumplo con mi deber social pero mis prioridades son yo mismo, mi empresa y mis trabajadores. Dentro de mi compañía tengo esencialmente relaciones verticales y muy poco horizontales. La mejor manera de que no se sale una sopa es que sólo haya un cocinero. Procuro concentrar las decisiones en mi mismo para aumentar la eficacia. Obviamente no acepto dentro de mi empresa intereses divergentes, lo que obviamente iría en contra del dinero que queda en el cajón. Castañeda, antes de aceptar el ofrecimiento presidencial, dijo: Vicente, soy un hombre de estudios, no de acción. No me interesa la retribución material, pues tengo mis recursos que obtengo de manera independiente. Aunque sí, tal vez, me interese el honor social. No veo ningún desdoro en esto, después de todo Goethe decía: “El árbol de la teoría es gris, el árbol de la vida es verde”. Es la posesión de la teoría la que me impulsa a la práctica. Sin embargo, mi participación la haría bajo ciertas condiciones que debes de tomar en cuenta y evalúes si te serán útiles mis servicios. No subordino mis ideas ni a ti ni a ningún partido político. Mi participación en la vida pública no es por poder, ni para mí, menos aún para acrecentar el tuyo. Mi objetivo es aplicar los conceptos que tanto he estudiado y que creo que son los mejores para el país. Pero más que nada mi meta, como científico social, es conocer o, al menos, aproximarme a la verdad. Esto significa que mi moral no es la de los resultados sino la de las convicciones, es decir, no es el éxito “político” lo que me importa. Por dos razones, porque me la he pasado entre libros, más que en las relaciones personales y porque mi ética, y lo único que honro con pasión, son los principios que sostengo; no tengo doble cara ni sé negociarlos. Sólo por verlos cumplidos en la realidad es como justifico mi función pública. Los secretarios que no hayan logrado su reciclaje laboral, deben de alertar, como en las transmisiones televisivas, sobre sus fallas de origen. Después de más de dos años en el poder ya no será posible renunciar y aducir: Ni les cuento. La política no es lo mío. PUBLICADO EL 16 DE ENERO DE 2003 | EXCÉLSIOR |
