Divagaciones. El tiempo
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Después de las últimas tres olimpiadas he caído en profundas depresiones. José Alfredo Jiménez se convierte mi ideólogo de cabecera y en lugar de hablar me la paso tarareando en voz alta y en silencio: “Esta vida mejor que se acabe, no es para mí. ¡Pobre de mí!” Mi decaimiento no es por el tristísimo papel de nuestros atletas, sino por los malditos cronómetros que aparecen casi en cada deporte. Simplemente comprendo una cosa, no soy de esta época. Cada tiempo mide su tiempo y éste ya no es el mío. |
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Por supuesto que no pertenezco a los orígenes del tiempo, cuando nace la palabra que provenía de “templo”, pues para los antiguos era Dios y no los hombres, quien fijaba los puntos de referencias de nuestro paso en la tierra. Y se llama “calendario”, pues son los sacerdotes los que “llaman” (calare en latín) al festejo de los días feriados, obviamente consagrados a cuestiones de la divinidad. Mi abuela, en Querétaro, nunca se desprendió de esta concepción religiosa. El tiempo de cocimiento de los alimentos lo hacía con “credos” y “padre nuestros”. Y hacer las cosas tenían que ser más rápidas que un “amén”. Me consuelo en saber que la medición del tiempo por las estaciones o el reloj de sol, son remotas para mí. Sigo observando con magnánima tolerancia, la vaguedad de la “hora”, que ponían nuestros antepasados en los relojes: “La muerte es segura; sólo la ‘hora’ es incierta”; “Todas las ‘horas’ hieren’, la última mata”. Pero ya es familiar para mí el péndulo de ese inmenso reloj en un mueble de madera, entre ropero y ataúd, que estaba en un lugar privilegiado de la sala. Casi me siento de la civilización cuya metáfora más conocida para dar idea de la velocidad del tiempo era la imagen de un calendario que se le volaban las hojas. Y ya pertenezco plenamente a la generación del tic-tac; de la tercera flechita de los relojes de pulso que marcan los segundos. Por supuesto soy de los que en más de una ocasión dice: “Señorita, me permite un minuto”. En suma, mi generación es la del tiempo mecánico, que no tiene nada que ver con el tiempo cibernético. Mi segundo es un señor viejo, gordo y cachetón que ahora es dividido en mil fracciones. Me siento realmente en la cuneta de la existencia; me invade una disonancia, un desencuentro con el ritmo exterior. Si pudieran los científicos observar mi concepción de tiempo, en una de esas me disecan y me llevan al museo de antropología y me colocan al lado del telar, la rueca y la flecha. Para no caer en las especulaciones del complot y de que alguien de allá arriba me quiere desaforar, busco mis compensaciones. Realmente no me interesan los restaurantes rápidos ni sus aberrantes productos: fast food. Al contrario, para mí es una garantía los alimentos que incluyen el “déjese serenar”, y no hay nada más sabroso que el recalentado, en la que el tiempo le pone a las mezclas su toque de trascendencia. Me gusta la velocidad en las computadoras, pero no me interesan ni las relaciones que se inician o terminan con un “infinitum”, pues coincido con Milán Kundera, el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria. Ahora sólo me llaman la atención las relaciones que dejen algún recuerdo y, por lo tanto una experiencia. El nuevo tiempo cibernético que privilegia lo instantáneo, se refleja en la vida política en el renacimiento del populismo, que da el remedio inmediato a los que están cansados de esperar, pero que a la larga los hunden en un mayor atraso. En fin, la madurez, la paciencia y los sentimientos son eternos, no saben de aparatos que miden el tiempo. PUBLICADO EL 23 DE SEPTIEMBRE DE 2004 | EXCÉLSIOR |
