Edmundo González Llaca

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Distintos viajes, empresarios y braceros

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Eran sumisos, dóciles y abnegados como los conejos que sacan los magos; con un optimismo tenaz y obcecado propio de los héroes de las películas americanas de los cincuentas. Pero, ¡oh sorpresa!, a partir del primero de Septiembre la mayoría de los líderes de las organizaciones empresariales lo ven todo diferente: “El sistema político mexicano se encuentra agónico”, “hay un exceso de poder del Estado”, “vivimos en una cárcel”, “las decisiones del gobierno federal están subordinadas a la Internacional Socialista”, etcétera. Como que al nopal se le acabaron las tunas y se le ven las puras espinas.

Manuel J. Clouthier, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, abandera esta cruzada declarativa en contra de los “políticos de banqueta”. En una reciente reunión con los empresarios de Coahuila señaló que el sector que representa quiere libertad, entre otras cosas, “para viajar dentro de nuestro país o en el extranjero, para apreciar el bien y la belleza de otros lugares y tratar de emularlos dentro de nuestra idiosincrasia”. Poner un “sic” a toda esta declaración resultaría casi un pleonasmo, así que lo evitamos.

Que sepamos, a nadie se le prohíbe viajar dentro de nuestro país o en el extranjero. De lo que tal vez se queje el líder empresarial es del límite de dólares fijado, más aun cuando, por la devaluación, los boletos del “Super Bowl”, le resultarán más caros. Por otra parte que, sin estar envenenados por lo que dice Clouthier, las “prédicas de odio y división de clases…, la mayor parte de las veces fomentadas por internacionalismos al servicio de las potencias extranjeras” (a las que reclama su derecho a viajar), nos parece que sus impulsos turísticos son irónicos y poco solidarios ante ese otro gran grupo de mexicanos que “viajan” a veces nadando o cruzando en las noches las alambradas, y que lo hacen no propiamente ejercitando su libertad, ni para “apreciar el bien y la belleza”, sino para alcanzar los límites de sobrevivencia que nuestro sistema político, económico y social no les ha podido todavía ofrecer.

Bajo esta perspectiva turística no extraña su concepto de libertad: “La única limitación posible de la libertad es la necesidad de mantener las libertades de los otros individuos”. Retrasadas son las lecturas del líder empresarial, pues ya en 1789 los individualistas liberales consagraron: “La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no lesione a terceros; el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre sólo tiene los límites que aseguran a los otros miembros de la sociedad el goce de estos mismos derechos”.

Lamentablemente los pueblos han comprobado, una y otra vez, durante doscientos larguísimos años, que las libertades no son tales para quienes poco o nada poseen, y que cuando se habla de la libertad al estilo del siglo XVIII se hace mención casi exclusivamente al derecho que tiene la gran masa de desposeídos de “morirse libremente de hambre”.

Por ello, ante ese viejo dilema de seguridad económica o libertad, nuestra Revolución, como lo señaló Miguel González Avelar en la ceremonia por el aniversario del fallecimiento de Calles, “se preocupa por conciliar la libertad de cada uno con la justicia social que es complemento necesario”. En otras palabras, y como ya se ha ejemplificado, la democracia política es como la forma, la democracia social como la materia. Sin materia la forma está vacía, sin forma la materia está ciega.

Ahora bien, con el objeto de superar las imperfecciones de nuestros hombres y programas para alcanzar el ideal anterior, la Revolución consagra el derecho de organización de las minorías y el respeto absoluto a la discrepancia. Qué bueno que en estos momentos de crisis financiera el sector empresarial deja escuchar su voz, su verdad. Pero cuánto mejor sería si lo hiciera sin egoísmos sectoriales, sin los mismos fantasmas del “Internacional Socialismo”, con el que se espantaban las “buenas conciencias” de hace varias décadas y sin ideólogos desenterradores de conceptos del siglo XVIII. Sin transitar, en suma, por esos caminos trillados que sólo oscurecen el debate y, lo que es peor, a estas alturas resultan terriblemente aburridos.

21 de octubre de 1982

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